Locuaz López

Locuaz López

30/04/2019

Vestía una guayabera un tanto ridícula: con dos filas de flores de diversos colores; un jardín de punto de cruz regado por su sudor, el copioso sudor de un adulto mayor bajo un sol como hacha, como mazo, a cuarenta grados. Estaba llegado al Hotel Hyatt, de Mérida, donde participaría en la clausura de una reunión entre funcionarios y empresarios mexicanos y estadounidenses. Ahí fue abordado por varios reporteros. Tras rechazar la desaparición de las Zonas Económicas Especiales, el Presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, aseguró que la zona sureste del país tendrá inversiones como nunca en su historia, pues el trato que tendrá la región de donde es oriundo será “de 100”. Según la crónica publicada en La Jornada Maya, el mandatario negó cuatro veces —cuatro “nos”: No, no, no, no, uno más que Pedro— la desaparición de las Zonas Económicas Especiales. Era el viernes 12 de abril. Diez días después, pues el cuádruple no se convirtió en un sí, sí, sí, sí… López Obrador anunciaba la cancelación de esos proyectos. ¿La razón? Su “falta de eficacia”. “Eran para supuestamente ayudar, pero nunca hicieron nada por ayudar; hicieron negocios, compraron terrenos y derrocharon recursos. No se benefició en nada”, dijo en su conferencia de prensa matutina. La locuacidad de López Obrador, su megalomanía lo ha llevado a mostrarse incongruente en diversas ocasiones; el caso de las zonas económicas especiales, a las que hoy me refiero sólo es un botón de muestra. En estos vertiginosos meses, el presidente de México ha contradicho a su equipo e incluso se ha contradicho él mismo, tanto en sus conferencias mañaneras como en otras comparecencias ante los medios de comunicación. La boca abierta de López, de tanto hablar, es una autopista de moscas. En la opinión pública poco eco hacen estos deslices, ya que la gran mayoría de los mexicanos, aún en especie de trance colectivo, aprueba el actuar del gran líder. La comentocracia —en especial a la que en el léxico del nuevo régimen se le identifica como prensa “fifí” o conservadora— sí detecta estos traspiés y los exhibe, aunque rápidamente son minimizados por el alud propagandístico del sistema. Más que calificarlos —quién soy yo para juzgarlo— hay que aprender de las contradicciones de López Obrador, ya que las sufriremos, por lo menos, durante seis años. Las veleidosas opiniones del presidente de México muestran que él no toma ninguna decisión a botepronto, sino que la rebota con diversas personas. Por tanto, no hay que esperar una respuesta contundente —aunque él la dé— en un primer raund; López Obrador está acostumbrado a bregar, y así gobernará. Para el mandatario, no todos los “nos” son no, ni todos los “sís” son sí; no hay absolutos, todo es negociable. Eso sí, las posturas se radicalizan cuando se le orilla, cuando se siente atacado; entonces, se atrinchera en la sinrazón. El mensaje es claro: López Obrador puede cambiar de opinión, cualquiera, sin importar lo que haya dicho en la víspera, siempre y cuando una palabra, un escenario, una voz despierte esa fibra en reposo.