La Cuba de Hemingway

La Cuba de Hemingway

03/07/2020

Aún es posible seguir la estela de Ernest Hemingway en Cuba, tanto en las agitadas aguas que arropan —y arrullan— la isla en forma de caimán como por las apretadas, coloridas calles de La Habana, detenidas en el tiempo por los conjuros del comunismo. Fue en la agitada Cuba donde el escritor encontró el sosiego que le arrebataban sus libros y sus genes, y en donde tecleó sus mejores obras.

Finca Vigía, refugio de gatos, hostal de refugiados, fue el epicentro de gran parte de sus historias, protagonizadas por fuerzas de la naturaleza, como él. Con frases directas, contundentes, llenas de humanidad, delineó a hombres y mujeres que se ganaron su lugar en el panteón de los héroes. Todos ellos, de una u otra forma, eran Hemingway.

Esta historia comienza precisamente en esa finca, adquirida por Martha Gellhorn, cuando estaba casada con Hemingway; el matrimonio la compró al contado, en cash, con las regalías que le dieron por la novela “Por quién doblan las campanas”. Eran buenos, bravos tiempos. Ahí, Hemingway no sólo escribió, sino que también se dio a la tarea de instalar un cuartel general desde donde una corte de los milagros arañaba mapas para cazar submarinos nazis.

En la gran sala de la finca, el anfitrión proyectaba una y otra vez, una y otra vez películas que el ejército estadounidense le mandaba de operaciones militares. Sus compañeros aun recuerdan una escena que repitió con especial coraje: un marine fríe con un lanzallamas a un soldado japonés. Hemingway les hizo ver esa escena, decenas de veces. Por qué, papa, le preguntaban. Para que no se nos olvide el rostro de ese comemierda, contestaba, en su peculiarísima habla cubana.

Y así fue. Uno de esos asistentes, años después de que los demonios de Hemingway lo convencieran de volarse la tapa de los sesos, encontró al sádico marine y lo mató, en un húmedo, oscuro callejón de Amberes. De parte de Ernesto, dijo y vació el revólver. Pum, pum, pum, pum, pum, pum.

El escritor estadounidense llevaba una doble vida en Cuba. En el remanso de la finca —a 12 millas de la agitada La Habana— escribía y templaba, en ese cubanísimo orden. En la capital cubana pescaba historias, que después dejaba fermentar en sus largas travesías por el Golfo. Escribía borracho, corregía sobrio, comenzando la jornada en La Floridita, puerto de refugio de una variopinta legión.

Ahí, en un rincón, dejaba su impronta acre de sudor, que trataba de recuperar con varios daiqurís: sin azúcar, con mucho, muchísimo hielo. Por lo general,  iba solo, y mascaba monólogos intensos, salpicados de maldiciones en inglés y español. Ya en los últimos años se tuvo que acostumbrar a los peregrinos que llegaban de todo el mundo para coincidir con ese profeta de palabras duras, frases brutales.

De La Floridita iba a La Bodega de en medio, donde amarraba los daiqurís con mojitos, ahogándose en la asfixiante humedad de La Habana y los efusivos debates de asuntos intrascendentes de los parroquianos, fauna que sin embargo hacía vibrar al estadounidense. Fue en esos sitios donde no sólo atrapó algunas de sus mejores historias sino que también organizó expediciones para introducir contrabando por los cayos de su patria y se enteraba de la revolución que en la sierra armaban unos jóvenes de verdeolivo. 

De regreso a la finca, Hemingway se zampaba una botella más de vino, y comenzaba a hacer magia. Rodeado de la parafernalia de sus aventuras —presas de caza, sables y mosquetones, libros, libros y más libros; correspondencia furiosa, lujuriosa…— en las habitaciones de la casa comenzaban a deambular los fantasmas de su literatura: viejos pescadores, dinamiteros de brigadas internacionales y contrabandistas. Sólo él y sus gatos eran capaces de percibir el océano en el que después miles de lectores surcarían con los cojones en el gaznate.

La prehistoria del amor del escritor por Cuba está escrita en el hotel Ambos Mundos, donde incluso ahora es posible visitar la habitación en la que Hemingway golpeaba las teclas de su inseparable Royal Arrow. Ahí fue el primer puerto cubano en el que atracó el genio, capitán de letras. En ese hotel, hoy mohoso de burocracia castrista, le pico el bicho a Martha Gellhorn de poner un paréntesis a la bestia nómada de su esposo.

Todos estos sitios —y, claro, Cojímar— se han convertido hoy en santuario, en meca a la que los intoxicados por la prosa de uno de los escritores más sinceros y completos acuden, como fieras a abrevadero, con la fantasía de capturar en el aire partículas de la genialidad del suicida.

En Cojímar, un busto de Hemingway mira al mar. Es la primera estatua que se hizo del escritor en el mundo, y la pagaron, en su totalidad, los míseros pescadores con los que convivió el escritor. En estos días en que estridentes, ávidos de atención sugieren demoler estatuas, los hombres de mar arroparían con su vida a quien siempre consideraron uno de ellos, a pesar de su español atrabancado y su estatura descomunal.