De Vail a Houston

De Vail a Houston

24/03/2021

La pandemia del coronavirus no sólo se mide con frías, huecas cifras de contagios y muertes. No. Detrás de cada número hay una historia, una vida, una experiencia. Esta peste nos arrebató, también, la capacidad de profundizar, de ir y ver más allá; hemos tendido a generalizar el día a día con una monótona tabla de porcentajes.  Ya no importa el día de la semana que es, sino cuántos muertos se sumaron a la lista. Y, en tanto, un obrero pierde su trabajo y naufraga en las mareas del capitalismo, un anciano fallece solo, boqueando como pez; un niño ya no tiene a nadie más que hablar que con su reflejo… Ese minúsculo patógeno desenterró las inmensas desigualdades de este mundo, despojado ya de  fronteras y de otras abstracciones. Entre difusas líneas se abren acalorados debates; se arrojan culpas y excusas, muchas de ellas relacionadas con un resentimiento que ahora sale a flote y apesta, como cadáver en aguada. En el relampagueante prólogo de esta historia de terror se estigmatizó a quienes se contagiaron en Colorado, a tal extremo que muchos, incendiados con las chispas de la dialéctica del régimen, de calificar la enfermedad como mal social. Los pobres no se enferman, decían; sólo le da a los ricos; es su pecado. Incluso, estos argumentos clasistas los esgrimieron gobernadores, como el de Puebla. En el interminable epílogo, ese mismo resentimiento se exuda al condenar a las personas que se van a vacunar a otros países —el turismo de inoculación texano. Y está bien que eso se debata, que se argumente a favor y en contra; que se destripe el hecho. Sin embargo, en esta discusión deben añadirse otros ingredientes, como el acaparamiento de vacunas por parte de potencias económicas, como lo hace Estados Unidos, y la ineficacia de un gobierno, como el de México, estado fallido exhibido en el momento de proteger la salud de sus ciudadanos. Es comprensible, incluso recomendable, buscar opciones para salvar la vida propia o la de un ser querido cuando las circunstancias la amenazan. Y, en el caso de México, esas amenazas son las políticas erróneas que se han tomado al calor de los intereses políticos. Es incomprensible la decisión de comenzar a vacunar a la población general cuando aún falta personal médico sin recibir dosis alguna. Es ilógico que se le dé prioridad a pequeñas comunidades antes de las ciudades, epicentros del contagio. Es criminal que se tengan tres millones de dosis en bodegas, sin aplicar. Según un reportaje publicado este miércoles 24 en El País, México ha recibido ya más de 9.1 millones de vacunas contra la covid, pero las aplicadas no alcanzan los seis millones. ¿Quién pondría su salud o la de su familia en manos de este gobierno? En un debate de vida o muerte, no se aceptan veredictos contundentes, universales; es cada quien y sus circunstancias.