Coprofagia

Coprofagia

26/03/2021

Tanto odio. Tanto resentimiento. Y a primera hora de la mañana. Una de las principales estrategias de comunicación de Andrés Manuel López Obrador es su conferencia matutina, en el Palacio Nacional. Ahí, de vez en cuando, sólo de vez en cuando, el presidente informa sobre asuntos importantes, trascendentes. Sólo de vez en cuando, reitero, ya que la mayor parte del tiempo lo dedica a atacar a sus principales críticos, algunos perennes, otros efímeros. Ya harta, ya chole. La mañanera se ha convertido en una fábrica de excremento, y su audiencia, en moscas que se arremolinan a su alrededor, ansiosas, voraces. No es normal tanto odio, tanto resentimiento. Más que atril, López Obrador habla desde un diván, escupiendo traumas, pensando, tal vez, que así va a sanar; psicoanálisis de standup. El problema es que está pasando lo contrario: el odio sigue ahí y lo está contagiando a quienes lo escuchan con sus peroratas de rabias y resquemores. Al teniente William «Bill» Kilgore le gustaba desayunar con el olor de napalm; a López Obrador, con el de mierda. A lanzado ataques a medios, a partidos políticos, a instituciones, a organizaciones civiles, a gobernadores y alcaldes, a empresas y empresarios… Todo en él es confrontación, todo es batalla. Esta enfermedad se hizo más evidente aún, cuando ayer, en su primera conferencia de prensa desde que asumió el cargo, el presidente estadounidense Joe Biden dijo: Fui elegido para solucionar problemas… no para dividir. Con sus actos, López Obrador parece que piensa precisamente lo opuesto, que fue elegido para dividir, no para solucionar problemas. En México, esos problemas, inmensos, formidables, crecen, al igual que la división que se siembra con esmero en cada mañanera. Así será la cosecha.