Tralfamadore

Tralfamadore

10/09/2021

Me he despegado del suelo, como Billy Pilgrim. Es lo que hay. A Kurt Vonnegut le tocó la lluvia de fuego que arrasó Dresde, en la Segunda Guerra Mundial. Es un episodio poco conocido de la historia, pero equiparable a Hiroshima. Sobre la ciudad alemana, los aliados descargaron toda su ira, toda la furia contenida de años de guerra, hasta dejarla en escombros. Vonnegut fue testigo de ese matadero, y lo narró en su novela más conocida y conmovedora, Matadero Cinco, un himno antibélico e indescifrable. Su protagonista es Pilgrim, quien como su autor, fue un joven arrancado de su juventud por la leva. Testigo mudo de la catástrofe de Dresde, regresa a su patria y comienza a hacer una vida normal, hasta que sufre un accidente aéreo en el que todos mueren —excepto él— y, durante su convalecencia, fallece su esposa. Entonces, en extraños episodios, comienza a asegurar que fue abducido por extraterrestres, en específico del planeta Tralfamadore. En ese planeta, Pilgrim asegura que fue exhibido, desnudo, en un zoológico, donde se apareó con Bambi Woods, con quien compartía espacio de exhibición. La novela de Vonnegut trata de eso —y de muchísimas otras cosas; es inclasificable, como ya mencioné—, pero en estos momentos creo oportuno centrarme en un aspecto de la cultura de los tralfamadores que me llamó la atención. Según las crónicas de Pilgrim, los moradores de ese planeta, aunque lo exhibieron como gran simio, tenían buen corazón, y le revelaron su más grande secreto: su concepción del tiempo. Los humanos, explica Pilgrim, concebimos el tiempo como una sucesión de cuentas de rosario: siempre para adelante, sin la posibilidad de retroceder. En Tralfamadore, en efecto, el tiempo es finito, como en la Tierra, tiene inicio y final, pero se puede retroceder y adelantar al antojo. Por eso, cuando alguien muere, no hay tristeza ni funeral, y el pésame es un lacónico “es lo que hay”. Alguien muere sólo un momento, y no desaparece, sino que sólo está en otro momento, seguramente más feliz. Hubo momentos en esta pandemia en el que seguramente mucho de nosotros hubiera preferido despegarse del suelo y vivir de nuevo, por ejemplo, la dulzura del primer te amo, el vértigo del primer helado; la satisfacción de la ansiada graduación, la calma de las caricias en el cabello: el arrullo digital del piojito. La picazón de ver a aquella compañera de segundo de preparatoria, el sacudón del primer —y único gol— que metiste; el mareo de tu primera montaña rusa, el calor en el rostro del último te quiero. La descarga al descubrir a Foenkinos, el éxtasis de alzar la vista y ver la historia de la humanidad en la Capilla Sixtina. El relámpago de AC/DC, el trueno de Aute. El primer verso leído, el primer verso escrito. La primera vez que leíste el capítulo 7 de Rayuela, la primera vez que lo escuchaste. Despegarse del suelo y vivir, como los alienígenas le enseñaron a  Pilgrim. Tal vez hay gente que prefiera que escriba sobre política y políticos, sobre furiosa, odiosa actualidad. La verdad, hay cosas, en este momento, que me interesan más, como la forma escuálida del tiempo en Tralfamadore. Así, si estoy triste o sólo, me despego del suelo y voy a los momento en los que estoy feliz y acompañado. Es lo que hay.