El sutil arte de mandar todo al carajo

El sutil arte de mandar todo al carajo

05/10/2021

Comenzó escribiendo manuales para la Boeing, y, desde hace años, es uno de los candidatos al Premio Nobel de Literatura, cuyo ganador de este año se dará a conocer mañana jueves. Es el autor de novelas oceánicas, historias que como ríos se bifurcan y convergen, caudalosos amazonas de personajes, fértiles deltas de imaginación. Su trabajo, desconmesurado, es estudiado frase por frase, palabra por palabra. Sus obras son anotadas por eruditos y son memorizadas por estudiantes, y, sin embargo, nadie lo conoce: no hay foto actual que muestre el rostro del escritor Thomas Pynchon.

 

Muchos coinciden en que no sólo es el mejor autor estadounidense vivo, sino el mejor en décadas; una singularidad que se registra sólo en un siglo. Y camina por la calle como tú y como yo, sin un remolino de reporteros y fotógrafos engulléndolo, sin el lastre de la fama; ajeno al áspero veneno de las páginas de los periódicos, inmune a la vanidad del papel couché de las revistas. Gravita por el arcoíris de su arte, y mientras en su mente florecen historias increíbles, da largos paseos por Central Park, juega con sus nietos, acampa en bosques con sus amigos, sus verdaderos amigos.

 

En una era gobernada por la imagen, se niega a que su rostro aparezca incluso en las solapas de sus novelones; qué decir de tener cuenta en Instagram.

 

Ayer lunes todos fuimos un poco como él, y cortamos por siete horas el cordón umbilical que nos une a la nube, una inteligencia abstracta que nos dicta qué comprar, qué comer, qué vestir y cómo relacionarnos con el mundo que nos rodea, cada vez más lejano y ajeno. Fuimos libres, como Pynchon. A unos, esas siete horas fueron de angustia y desesperación: adictos a una pantalla que da chutes de serotonina y dopamina, subidones y bajones, que da la falsa sensación de una vida de montaña rusa. Otros, tal vez los menos, respiraron aliviados y platicaron por primera vez en mucho tiempo con la persona que aman.

 

O salieron a la calle y jugaron una cascarita, raspándose por primera vez las rodillas, vírgenes por el nintendo. O se mancharon los dedos con la tinta decrépita de un periódico, leyendo más de cuatro párrafos de una noticia en mucho tiempo: se abrió la caja de Pandora. O, mejor, en el silencio de la caída del sistema, desempolvaron la novela que dejaron a medias, y decidieron embarcarse de nuevo en esa aventura. O hablaron por teléfono con sus madres. O dieron un largo paseo con sus perros en el parque que está a la vuelta de su casa.

 

Ayer, el día tuvo más de veinticuatro horas; el tiempo fue relativo, como lo teorizó Einstein, y mientras unos viajaron al pasado, otros vislumbraron el futuro; el presente se detuvo, y la vida cambió, aunque sea por un instante. Nos liberamos de la cárcel del algoritmo y vislumbramos la luz del libre albedrío, a la que renunciamos en el pacto  mefistofélico con Zuckerberg. Ayer fue un buen día, como si lo hubiera escrito Pynchon.