Primer Misterio: Las tortas de la María Elena

Primer Misterio: Las tortas de la María Elena

18/10/2021

Por el Conde de Montecristo

El 31 de Julio de 2011, doña Sylvia Grimes Ponce de León,  directora general de ventas y marketing de una página para expatriados terminó de corregir la edición en idioma inglés de una entrevista concedida al Conde que resolvería uno de los misterios más arraigados en el curiosómetro yucateco.

Era el verano de 2010 y se trataba de conocer el secreto detrás de la supervivencia de las tortas de la “María Elena” en boca de su propia propietaria, María Elena Salazar Pacheco, quien apartó un espacio en su agenda, gracias a la generosidad de nuestro amigo, el empresario Jorge Canto Ureña, para responder algunos de esos misterios que hoy conforman la Piedra de Rosetta de la gastronomía local.

Doña María Elena fue directo al grano con la pregunta ineludible y desglosó cómo “La María Elena” ha realizado una contribución a nuestras vidas socializando uno de los productos más sencillos en un mercado tan amplio: camioneros, estudiantes, oficinistas, policías, secretarias, líderes políticos y religiosos, alcaldes y gobernadores han hecho de este sitio un lugar, primero para satisfacer una urgente necesidad básica de antojo y, después, con la expansión de las redes sociales, un spot para instagramear.

La pregunta era incómoda e intentaba resolver si la relación entre dicho antojo y sus ingredientes influían en la supervivencia del gusto y preferencia de sus consumidores.

En momentos en los que los expatriados que vivían en Yucatán describían a “Wayane´s” como la quintaesencia de las experiencias gastronómicas en la geografía de las loncherías locales, éstas descripciones no tenían nada que ver con la experiencia de comer una torta con los ingredientes más sencillos y económicos: pastel mosaico, queso, pan francés y chile jalapeño, si se deseaba.

Nada de mayonesa, aderezos, vegetales, mantequillas o cualquier otra cosa que distraiga esa combinación básica de ingredientes que no podía ser cambiada. Porque, nos narró doña María Elena, esa fue la fórmula creada por su padre, Juan Salazar Sosa, cuando, a fines de la década de los setentas, los camioneros de la ruta 52 Norte Itzimná detenían el autobús frente a su tienda —en un principio de abarrotes— para exigir que se les preparara una torta económica, que pudiera ser comida a la carrera, mientras manejaban tomando una Coca Cola en envase de cristal retornable.

La rapidez de las comunicaciones sobre la existencia de las tortas de la María Elena en una época en la que no existían los teléfonos celulares, las redes sociales, las plataformas de envíos de comida y otras tecnologías de este sigo sólo fue posible gracias a lo que hace mucho tiempo se conoció con el término de “gastada”: cierta cantidad de dinero que los padres de familia otorgaban a los estudiantes de las escuelas cercanas.

De esta manera, el mercado de La María Elena, como un virus rebelde y mutante, rompió las reglas y su gusto se expandió a los paladares de los alumnos de la Escuela Modelo, el Teresiano o el Colegio Montejo, quienes empezaron a devengar parte de su presupuesto en este platillo.

Doña María Elena platicó al Conde en aquella ocasión que no todo ha sido fácil: a lo largo de varias décadas han surgido varias versiones e imitaciones de la torta con variantes y nombres similares.

Incluso, frente a su propio local, funcionó durante un tiempo una lonchería que con descaro, anunciaba en un rótulo la venta de “Marianelas”. Sin embargo, señala, la impronta en el paladar de aquella juventud ya estaba blindada contra imitaciones y esa señal de alerta le permitió iniciar los trámites de registro de marca ante el Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial.

Cierto, señala, una de las ventajas competitivas fue tener junto a su establecimiento a la venerable panadería Montejo, lo cual permitía tener pan francés del día. Por otro lado, aprendió a identificar los ciclos de su clientela: en temporada escolar, los estudiantes abarrotaban la lonchería a partir de las primeras horas de la mañana, mientras que en vacaciones, relató, su clientela se formaba por padres u oficinistas con familia en la playa.

—Hay señoras que me han relatado que la costumbre de sus esposos, sobrinos o parientes ya maduros, de poner Doritos Nachos o Sabritas a las tortas que les preparan en su casa, la aprendieron en La María Elena, sin embargo, eso no lo puedo confirmar, aunque es muy probable que sea cierto —dijo.

La creación de nuevos fraccionamientos en Mérida a mediados de los noventas motivó a la empresaria a iniciar el servicio a domicilio a otros lugares como San Juan, en el Centro de Mérida, a fraccionamientos nuevos como Altabrisa, Las Américas y Ciudad Caucel, con un número mínimo de pedidos.  Incluso, relató que empezó a tener clientes que compraban tortas para llevarles a familiares que no viven en Yucatán, pero que ya las habían probado o que habían oído de ellas, y por ello, pedían una envoltura especial para llevarlas de viaje.

También ya se tenía presencia fija en la nave de la Canirac-Yucatán en la Feria de Xmatkuil y la apertura de nuevas sucursales en Francisco de Montejo, en Macroplaza, Ciudad Caucel, y cerca de la Clínica T1 del IMSS, en el oriente de la ciudad.

Junto al crecimiento de la firma también llegó una de las satisfacciones más emotivas de doña María Elena: un día recibió una invitación especial por el Consejo Directivo de la firma FUD (hoy una marca de la corporación SIGMA)  para otorgarle un reconocimiento especial al ser el establecimiento con mayor capacidad de desplazamiento del pastel mosaico en el país.

La empresaria no abundó en las razones por las cuales su padre le puso su propio nombre a la Lonchería que hoy extendió, como en un acta de nacimiento,  su nombre y apellido a una torta conocida en toda la región. Quizá porque en Yucatán la narrativa de la gastronomía o la repostería está ligada a nombres de mujeres emprendedoras yucatecas: Beatriz Casellas, Ceci Medina, Tere Cazola, Miriam Peraza, la Chata Cámara,  Michi Méndez, Luz María Casellas, Carolina Cárdenas, Chary Rosado (en Progreso), entre muchas otras.

Y sin embargo, bajo esta verdad ontológica doña Maria Elena nos dejó claro que en este tributo a la sencillez de un platillo hay cosas que deben quedar muy claras: si tienes más de 50 años, las mejores cosas de la vida son como las tortas de doble queso: tardan. Y si la pides doradita, la recompensa por la espera vale mucho, mucho más.