Gregorio Samsa ganó la elección

Gregorio Samsa ganó la elección

07/06/2022

Por Pablo A. Cicero Alonzo

Al conocer Morena los resultados del domingo 5 de junio, tras una jornada con sobresaltos, se encontró en el poder convertido en el PRI.  O, bien: Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, se encontró en su cama convertido en un monstruoso insecto.

Aunque en muchas ocasiones se ha apuntado que Morena es un instituto político descendiente del Partido Revolucionario Institucional fue hasta este proceso electoral cuando se confirmó el linaje entre los dos partidos. El PRI no se crea ni se destruye, sólo se transforma.

El pasado del sanedrín morenista es de todos conocidos, comenzando con el génesis priista de Andrés Manuel López Obrador. Pero ahora, con veintidós entidades federativas teñidas de guinda, el legado es evidente: la gran mayoría de las y los gobernadores emanados en ese partido han tenido un pasado priista. Y tenemos que hablar de eso.

De los más recientes señores feudales morenistas, Julio Menchaca Salazar, quien será el nuevo gobernador de Hidalgo, comenzó su carrera política en el PRI, partido en el que militó tres décadas. Aunque en diversos perfiles se señala que su arribo a Morena fue un giro abrupto, éste sólo se podría especificar, geométricamente, como de 360 grados. Es decir, dio vuelta sobre su propio eje para quedar en el mismo lugar.

Del rojo vivo al rojo vino: Lo mismo sucedió con Américo Villarreal Anaya, quien el domingo ganó la gubernatura de Tamaulipas. Milita en Morena apenas desde 2017, un año antes del triunfo cantado de López Obrador. Sin embargo, nació y militó priista: Su padre fue gobernador de Tamaulipas por el PRI de 1987 a 1993; el PRI en el ADN.

El candidato morenista a la gubernatura de Oaxaca, Salomón Jara Cruz, empezó su carrera política como fundador del PRD, otro partido que en su ocasión fue calificado como un cambio de piel del incombustible PRI. Paradójicamente, analistas políticos han atribuido la victoria de Jara, entre otras cosas, al hartazgo de la población después de 70 años de gobierno priista.

En Quintana Roo, la actual alcaldesa de Cancún, María Elena Lezama Espinosa, conocida como Mara Lezama, “es una comunicóloga y periodista que comenzó apenas su militancia en Morena en 2015, sin pasado priista, aunque se considera luchadora social”, según el perfil de la candidata ganadora publicado por El Financiero. Sólo ella puede presumir de ser morenista al cien por cien.

La genealogía política de la aristocracia morenista no basta para descalificarla: todos hemos cometido errores. Aunque sí es válido el recordatorio, sobre todo para desmemoriados, aquellos que se tragan píldoras de discursos de condenas al pasado. Al fin y al cabo, la transformación, en este caso la cuarta, es pasar de una forma a otra; una metamorfosis, como la de insomne Samsa.

Aunque puede que sea también al revés, de gusano a mariposa. Todos se merecen una segunda oportunidad, sobre todo en la esperanza de la crisálida.

El PRI se ha sostenido —desde su prehistoria, cuando fue fundado por Plutarco Elías Calles como Partido Nacional Revolucionario— en una sólida ideología, de la que han abrevado diversas corrientes e incluso partidos. Las raíces compartidas con el actual partido en el poder no son excepcionales; incluso podrían considerarse como lógicas, claro, en la lógica de la que fue calificada como la tiranía perfecta, ahora perfectible.

El PRI, sobre todo el de la década de los setenta, comparte importantes elementos con Morena, en especial los de índole nacionalistas. También, el cariz progresista y la defensa a la soberanía, en especial ante la omnipresencia de Estados Unidos en el concierto mundial de las naciones, y la de trasnacionales voraces.  Habrá ingenuos que aseguren que el método Yakarta con el que el vecino del Norte aplastaba a los movimientos de izquierda en otros países es ya historia. Habrá otros, más avispados, que reconocerán los rasgos del neocolonialismo incluso en los guiños que Estados Unidos hace a ciertos grupos opositores.

Dejando a un lado la entomología —por aquello de los escarabajos, gusanos, mariposas y chapulines...— y centrándonos en la política dura y pura, la campaña de acoso y derribo en contra de Alejandro Moreno Cárdenas, eslabón perdido entre Morena y el PRI, podría tener como objetivo una no tan descabellada alianza entre el PRI y el Partido del Trabajo, en el que el candidato sería Ricardo Monreal Ávila. Cosas más kafkianas se han hecho realidad.

El senador Monreal Ávila, aunque sotanero en las quinielas de Morena para suceder a López Obrador, no ha quitado el dedo del renglón, o los ojos de la presidencia, y desde hace meses ha tejido una interesante red, sobre todo con los priistas, con los que ya no sólo comparte pasado sino también aspira futuro. Monreal, exgobernador de Zacatecas, ha sido parlamentario del PRI, de Movimiento Ciudadano, del PRD y del PT antes de aterrizar en Morena.

Por poner un ejemplo: En Mérida, durante una gira que tuvo con el pretexto de la presentación de su último libro, el público más entusiasta fue el conformado por personalidades priistas, incluso legisladores en activo.

El eventual pacto entre el PRI y el PT dinamitaría la alianza opositora, esa que tantos sinsabores le ha dado a quienes añoran el régimen del pasado, de cuando los priistas eran priistas. Sin embargo, abriría la puerta a la unión del PAN con Movimiento Ciudadano. Al final, las placas tectónicas de las ideologías se van acomodando; sólo requirió una serie de temblorosos recuerdos; un sismo de la memoria, calambre de realidad.

Abrir, al fin, los ojos, y recordar el pasado priista de los morenistas; invitar —o empujar— a funcionarios a salir del clóset de la política, ya sea con un mea culpa o un elegante, orgulloso cinismo.  Al fin y al cabo, los ciudadanos ahora tenemos la oportunidad ya no sólo de votar por un partido sino también por quien lo representa. Ya igual lo decía Kafka: La literatura es siempre una expedición a la realidad.