No es sólo él: son legión. Su sangre lleva circulando en el planeta durante generaciones. Así lo reconoció: “Mi abuelo emigró de Armenia a Siria, mi padre, de Siria a Líbano, y yo, de Líbano a Alemania”. Y el viaje sigue, no ha acabado aún: Ara Malikian ha sido parte del torrente sanguíneo de Francia, Reino Unido, China y ahora España. El mundo le queda chico, inmensamente chico. Siempre ha sido un extranjero, un alienígena, intentando comunicarse con los otros con las cuerdas vocales de su violín. Y es que su instrumento es para este nómada apéndice, un miembro más. La madera es igual de fibrosa que sus brazos, que no dan batalla y se empeñan en hacer una hoguera con la fricción de filamentos; irremediablemente las cuerdas estallan obedeciendo las leyes de la física. El conjuro, sin embargo, se logra y de la magia de Malikian estalla, primero, una chispa, y luego, un incendio. Extraterrestres de tres brazos, uno capaz de transmitir ternura y tristeza y amor y alegría con sólo unas cuantas notas; no hay lengua humana que se le parezca, pero no necesita traductor. Anoche, en la Plaza Grande, todos entendieron su mensaje, y regresaron a casa con una sonrisa, aún con la llama azuzada por el trotamundos en su interior; una sonrisa que iluminaba a su paso toda la ciudad, como luciérnagas. La odisea de Malikian dio inicio cuando era un niño. Comenzó a devorar el ancho mundo, a borrar las fronteras del planeta a los quince años, al emigrar, solo, a Alemania. No sabía el idioma, no conocía a nadie; tocó el violín en la calle y en bares y en restaurantes; capaz de hacer reír y llorar, tocó en fiestas y en velorios. Participó en un concurso, y perdió, pero como consuelo le dieron un boleto a Cuba. Ahí conoció a otros cuatro alienígenas que, treinta años después, lo siguen acompañando en su nave espacial; uno de esos tripulantes es Iván Melón Lewis, que igual brilla en esa cofradía de las estrellas. De los días de vagabundo, Malikian conserva la etiqueta de los sintecho, elegante menesteroso que igual se rebela contra la rigidez de la música clásica, que él logra asimilar y acercar a su audiencia, ávida de vida; es un estómago de preludios de Chopin, de caprichos de Paganini, a los cuales, admite, les ha dedicado más horas que a dormir. Los sonámbulos que lo escucharon en las entrañas de Berlín, pioneros de ese encuentro del tercer tipo, se han multiplicado: Malikian ha dado cientos de conciertos, solo y acompañado, incluso por sinfónicas como las de Tokio, Bamberg, Génova, Madrid, Tubingen y Moscú. Antes de la noche del coronavirus, corrió un maratón de 120 conciertos en un año, casi dos a la semana, que abarcó decenas de esas abstracciones que los terrícolas llamamos países. En la pandemia igual nacieron flores, y fueron las que adornaron el concierto de anoche, parte del programa de Mérida Fest. Ese violinista sobre el tinglado le regaló a la ciudad una composición inédita, que ahí mismo bautizó como Rapsodia meridana. Igual presumió el calamar robótico que le armó a su hijo con pentagramas, claves, notas y silencios, y le cantó una nana —nana arrugada— a los que la peste les tragó un amor; un pésame dado con los graves y agudos de su violín. Malikian llegó ayer a Mérida, tocó y se fue; seguirá coleccionando sellos en su pasaporte, con esa genética gitana de gigante, tan etérea y misteriosa que no deja huellas en la tierra, sólo en los corazones. Qué regalo para Mérida, qué dicha para los que pudimos asistir. Me expreso con torpeza en el lenguaje de los hombres, y no me sé el de los ángeles, pero espero que estas luciérnagas aún brillen y transmitan, aunque sea un poquito, el día de anoche. Con eso basta.
Texto y foto: Pablo A. Cicero Alonzo