Adonay Cetina Sierra: un cronista revolucionario

Adonay Cetina Sierra: un cronista revolucionario

26/05/2025

POR EDUARDO CABRERA RUIZ


Ahora que el Ayuntamiento de Mérida ha lanzado la convocatoria para reponer el Consejo de Cronistas de esta capital han surgido entre las numerosas voces que integran la comunidad de historiadores, cronistas y diversos productores de la memoria escrita, gráfica y audiovisual de Yucatán, la discusión sobre la fecundidad editorial en el estado durante fines del siglo pasado.

Aflora entre estos grupos, como añoranza del pasado, ciertas tesis en las que se plantea que han sido los gobiernos emanados del Partido Revolucionario Institucional (PRI) quienes mejor han sabido aprovechar los recursos históricos, materiales, intelectuales y humanos para producir y reproducir pasajes de la historia, crónicas, compendios, libros y colecciones que narran la transformación de la vida de los yucatecos a partir de las conquistas alcanzadas por la Revolución Mexicana.

Sin ánimo de generalizar en torno a las ideologías partidistas los expertos señalan que la fecundidad de una narrativa basada en la justicia social, el legado de Felipe Carrillo Puerto, la consolidación de la educación pública y las instituciones transformadoras alcanzó su máximo potencial durante los gobiernos de Francisco Luna Kan (1976-1982) hasta el de Federico Granja Ricalde (1994-1995).

De esta etapa surge una obra que lleva más de 40 años de ser, por excelencia, la piedra angular del cronismo meridano: se trata de “Historia Gráfica de Mérida de Yucatán 1542-1984” de José Adonay Cetina Sierra, de quien atestiguamos, los trabajos previos a su publicación.

Quienes han tenido oportunidad de conocer este libro podrán obtener fotografías con valor testimonial de todos los edificios del Centro Histórico, sus barrios, parques y sitios públicos de importancia, además de pasajes históricos como la retirada de prisa del general gobernador de Yucatán Abel Ortiz Argumedo ante la entrada de Salvador Alvarado al estado, las visitas reales, los 14 arcos que se levantaron en honor a Porfirio Díaz y, casi al final, un compendio de la Mérida de 1984  –“la Mérida que se nos fue”, como señala Sergio Grosjean—  hasta la construcción del primer paso a desnivel en la carretera a Progreso, antes de que existiera La Gran Plaza; un apunte de la “modernidad” que se respiraba en aquella década.

La paciencia y la templanza fueron fundamentales para documentar, con la ayuda de fotógrafos, libros y papeles que atesoraba desde su primera juventud, las imágenes de una Mérida en la que también se añoraba a la otra Mérida, a la Mérida “que ya se había ido”: para los cronistas del siglo pasado.

Así lo describe Oswaldo Baqueiro López en el prólogo inicial, cuando lamenta que “en muchos meridanos de nuestra época —”golpeados por la crisis, ensordecidos por las cafreriles motocicletas, acosados por un tránsito caótico, irritados por un sistema inhumano de transporte urbano, contaminados por la basura, sería comprensible una actitud muy crítica respecto a su ciudad”.

Pudo el maestro Adonay, en sus pocos ratos libres realizar esta obra gráfica con estricto sentido disciplinario, apego a la investigación y un sólido hilo conductor para llevar al lector a un viaje por una Mérida misteriosa, insólita, culta, majestuosa e icónica y algunas veces muy atrevida gracias a su habilidad para componer los pies de fotografía concisos, que relatan a la vista en tres líneas, lo que los ojos demandan en imperiosa explicación.

 

Así, se puede observar cómo el antiguo Hospital de Ejidatarios Henequeneros dio paso al hospital Juárez del IMSS, cómo al fin cesaron los servicios del antiguo penal porfiriano frente al parque de La Paz y hasta la primitiva fachada y arcos de madera de la antigua escuela Modelo.

Si la obra del maestro Adonay Cetina se hubiese plasmado en Instagram no dudaríamos de su éxito en las nuevas generaciones debido a la gran variedad de fotografías que permiten amar a Mérida a través de los ojos.

No pudiera entenderse esta obra culmen y otras sin antes conocer algunas facetas poco conocidas, pero de gran importancia sobre la vida de don Adonay: nació en esta capital en el seno de una familia de condición económica humilde. Fue el más pequeño de 5 hijos. Su padre fue don Ramón Cetina y su madre doña Amparo Sierra. Sus hermanos fueron Guadalupe, Enrique, Carmen e Isabel.

Las reseñas nos cuentan que “su padre, don Ramón Cetina era un hombre alto, bien parecido, de ojos claros y con una inteligencia vivaz. Fue un hombre culto, que llegó a tener una altísima jerarquía dentro de la masonería. Tenía una mente matemática sobresaliente, era un hombre multifacético, que tuvo varios empleos. Fue un hombre de ideas revolucionarias y convicciones firmes, quién conoció y lucho al lado de Felipe Carrillo Puerto y sus hermanos, y que estuvo a punto de ser masacrado con ellos en aquel tiempo. Quizás ninguna persona ha conocido mejor el espíritu, la personalidad y las convicciones de don Felipe Carrillo Puerto, que don Ramón Cetina, y que indudablemente trasmitió fidedignamente aquellas vivencias a su pequeño hijo Adonay.”

 

Se cuenta que don Ramón, siendo un admirador de su natal Mérida, acostumbraba pasear por la ciudad, llevando consigo a su pequeño hijo, Adonay, transmitiéndole el amor a su Tierra, y contándole las anécdotas y leyendas de sus calles y edificios.  Ese cariño por la ciudad, fue amplificándose con el correr de los años y desde muy joven, se dio a la tarea de recopilar fotografías e información de la capital yucateca.

Desde muy pequeño, en su vida como estudiante, el maestro Adonay siempre se distinguió por el amplio dominio que adquiría sobre los diversos temas que estudiaba. El popular “JACS”, como le apodaban cariñosamente sus amigos, devoraba los libros y siempre investigaba más allá de lo que solicitaban sus maestros. Es por ello que algunos de sus compañeros comentaran: “JACS sabe más que los maestros”.

El joven Cetina Sierra, nos cuentan los testimonios,  siempre guardó una relación de respeto con sus maestros, a quienes buscaba frecuentemente para conversar en los pasillos sobre aspectos que involucraban mayor profundidad de conocimientos. Era, según sus amigos, un investigador nato que buscaba en cada superficie histórica de Mérida, aquella luz que hablara de la Justicia Social. Así lo narraba en una entrevista que concedió en el 2015 al extinto Diario del Sureste:

“…Departía en el Café Peón Contreras, y por lo común todos los días con el licenciado Jaime Orosa Díaz, periodista también e intelectual, quien era el secretario de la Universidad. La primera mesa del café, al entrar sobre la calle 60, era de uso casi exclusivo para él. Allá íbamos a charlar, por lo general todos los días. Igual lo hacían literatos, escritores, políticos de alto nivel, grandes maestros, historiadores, etc. Creo que fuimos privilegiados en esa época en que pudimos lograr cercanía con don Renán Irigoyen, Leopoldo Peniche Vallado y su hermano Luis –que era nuestro maestro de Gramática Española –, don Conrado Menéndez Díaz Conradito –, el Abog. Repetto Milán – que era rector –, el poeta Carlos Duarte Moreno y su hijo Carlos, infortunadamente fallecido muy joven cuando ya era un valor cultural reconocido…”

Era, en su casa de Jardines de Mérida, cuando la familia dormía y el piano de la abuela descansaba de los habituales valses y polkas, cuando el sonido de la máquina de escribir retumbaba en el estudio que en ocasiones, se valía de la mesa del comedor para extender y ordenar cientos de fotografías y documentos.

En ese estudio, como torres amenazantes se erguían innumerables libros, textos, cuadernillos y periódicos que daban cuenta de las aficiones del maestro Adonay: el dibujo, el diseño, la lectura, la poesía, el cine, el teatro, la pintura, y por supuesto, la música, en especial la música clásica y la ópera, género en el cual incursionó alguna vez como tenor aficionado.

Frente a la mesa, en la pared que colindaba en las escaleras para el segundo piso destacaba como inspiración, una impresionante fotografía de su esposa, doña Rita Medina Alcocer dando un discurso durante una reunión nacional de mujeres priistas en la capital del País.

No era para menos, pues doña Rita —falleció apenas el 16 de diciembre pasado— fue la primera mujer diputada local por elección de Yucatán, además  de ser una reconocida activista y luchadora social.

Adonay Cetina la conoció en la Secundaria “Adolfo Cisneros Cámara” y se enamoró de esta mujer vallisoletana de estatura compacta, pero de una energía y corazón inconmensurables con quien formaría un matrimonio virtuoso en el corazón y en la inteligencia.

Al hablar de su matrimonio, la propia Rita Medina con sus palabras definió: “Desde aquel entonces éramos la pareja ideal. Adonay era cariñoso, amable, generoso. Realmente lo compartíamos todo: la juventud, los sueños, la ilusión de vivir, la ideología, la esperanza de transformar nuestro entorno, la búsqueda de la justicia social. Fue una época maravillosa…”.

Y continuó diciendo: “Ambos nos formamos ideológicamente en el Partido Revolucionario Institucional, y añorábamos poder ayudar a la gente. Adonay era un intelectual, que ponía sus ideas al servicio del partido, escribiendo discursos con sentido social y humano, y yo era más activa, más participativa, estaba más en contacto con la gente”.

Siendo novios por más de 12 años, la pareja decidió casarse un día 10 de julio a fines de los años sesentas. Así se recuerda aquella anécdota el día su boda: “Por aquel entonces, se realizaban en la ciudad de Mérida los trabajos correspondientes a la red de agua potable.

Todos los invitados esperaban impacientes al novio, incluyendo al gobernador del Estado, Luis Torres Mesías, quien fungiría como testigo de honor. Sin embargo, pasaba el tiempo y el novio no llegaba y no llegaba.

Y a instantes de que el padre de Rita, don Albino, saliera en su búsqueda para arreglar cuentas con su desaparecido yerno, de pronto –a lo lejos todos vislumbraron a un hombre bien vestido, aunque con unas cuantas manchas blancas en el traje, que corría desesperadamente hacia el lugar.

Pues era nada más y nada menos que el pobre novio, don Adonay, cuya calesa se había quedado atrapada en una de las zanjas del agua potable.

En relación a este incidente, el gobernador Torres Mesías hizo el siguiente comentario: “He aquí una de las víctimas de la modernidad”, causando la risa de todos los presentes.

El amor fértil de Rita y Adonay cosechó 3 frutos: Adonay, Azrael y David: es ingeniero mecánico, maestro y actual director de la Escuela Preparatoria “Salvador Alvarado”. Azrael, es ingeniero civil y maestro jubilado.

David es chef del prestigiado restaurante “La Tradición”, quien continuó con el legado de la familia Medina, en cuanto a la comida yucateca, que iniciara el padre de doña Rita, don Albino Medina, alias “El Cabezón Medina”, creador de la “botana fina” en el restaurante “El Papillón” de la Ciudad de Valladolid, y que continuaran sus hijos Jorge y Luis Medina Alcocer con “La Prosperidad”, en Mérida.

El ambiente intelectual e ideológico revolucionario de don Adonay Cetina fue descrito por él mismo al recibir la medalla Yucatán en el 2010:  “En mi caso concreto, indicó, los beneficios de ese gran movimiento social mexicano, transformaron favorablemente mi vida. Mis estudios los realicé en escuelas del sector público -que por cierto, hoy en día son tan injustamente valoradas por algunos sectores sociales-. Y fue la educación la que me brindó permeabilidad social y, con ella, tuve la oportunidad de transformar mi condición económica. Pero creo que la más importante contribución de mi educación fue la redefinición y ampliación de mis metas e ideales, me proporcionó un nuevo horizonte…”

De manera singular, y quizá no fue una coincidencia, la impresión de esta obra se realizó en una fecha revolucionaria: el 20 de noviembre de 1984, fecha en la que salió de los antiguos talleres de “Estudios Bassó, S.A.”; que estaban ubicados en la calle 67.

Se dice que a final de cuentas los gobiernos y sus ideologías llegan, se instalan, maduran y se van para dar paso a otros gobiernos, pero los cronistas e historiadores se quedan para siempre en sus obras para el uso de las nuevas generaciones y el usufructo de académicos, urbanistas, pedagogos y gobernantes.

Don Adonay falleció el 17 de febrero de 2017; tras una fructífera carrera como escritor, director del Instituto de Cultura y profesor de la Escuela Normal Superior de Yucatán. Con él también se fue parte de una generación prolífica de jóvenes que se llamaban así mismos de “pensamiento abierto, revolucionario y laico, distintos y distinguibles de otros jóvenes clasistas y clericalistas.” (Adonay Cetina, Diario del Sureste 2015).

La Historia Gráfica de Mérida de Yucatán, 1542-1984” retrata los afanes de una generación que prefirió siempre el fondo sobre la forma, que evitaba la preferencia por la apariencia y las poses y en cambio le daba especial preferencia a la búsqueda de los orígenes, para rescatar, la esencia de la yucataneidad, que es el orgullo de los yucatecos.

Eduardo Cabrera Ruiz

Maestro en Comunicación Corporativa

ej.cabrera.r@gmail.com