PRIMERA COLUMNA, por César Pompeyo
Sentado en su habitual banca de la Plaza Grande, don César Pompeyo recordaba cuando un alcalde meridano con su mismo nombre le propuso colocar una placa en una de las tradicionales bancas para honrar la memoria del columnista y así granjearse su amistad.
Igual recordó como en el 2018 don Rolando Zapata lo invitó para asistir al FICMAYA en la Ciudad de México. En aquella ocasión, se escapó de los actos oficiales para disfrutar en el teatro Julio Castillo la obra “Enemigo del Pueblo”, quizá el montaje mexicano más importante de las últimas décadas sobre la obra del dramaturgo noruego Enrique Ibsen.
Enemigo de la lisonja pasajera don César recordó aquellos deslices del poder palaciego mientras leía sobre los festejos de la afición tras el encuentro de la Selección Mexicana con la de Checoslovaquia. No tardó el reportero en aparecer, para soltarle la pregunta:
—Don César, ¿usted cree en los detectores de mentiras?
César Pompeyo dobló con calma el periódico, acomodó sus lentes y miró al reportero como quien acaba de escuchar una pregunta que merecía más lástima que respuesta.
—Mire, joven, yo creo en los detectores de mentiras cuando empiezan por conectarse a quien los inventó.
—Se lo digo por esa nueva sección del gobierno del Estado: “Detector de Mentiras”.
—Ah, sí. Bonito nombre. Muy moderno. Muy de asesoría importada. Me dicen que la ocurrencia viene de Gustavo Rivera Loret de Mola, que llegó con la idea de desmentir lo que incomoda.
—Pero don César…¿No le parece una contradicción que el mismo gobierno nos mande boletines, los publiquemos como información oficial, y luego salgan a decir que aquello es mentira o manipulación? ¿Entonces qué caso tiene?
—Eso ya no es contradicción, muchacho. Eso es esquizofrenia comunicacional. Primero acuerdan que se publique la verdad conveniente. Luego, cuando esa misma verdad deja rastro, inventan un detector para decir que no era verdad, que era contexto, que era interpretación, que era mala fe.
—Como si contrataran al mensajero y luego lo acusaran de traer el mensaje.
—Exactamente. Es la vieja historia del poder: quiere prensa, pero no periodismo; quiere difusión, pero no preguntas; quiere aplausos, pero no memoria.
El reportero sonrió.
—¿Le recuerda alguna obra?
—Eso hacía antes de que me interrumpieras. Estaba recordando la escena en la que el doctor Thomas Stockmann descubre que las aguas del balneario del pueblo están contaminadas. Tiene pruebas. Análisis científicos. Advierte que el lugar es un riesgo para la salud y que habría que cerrarlo temporalmente para repararlo.
—Y piensa que lo van a tratar como héroe.
—Se equivoca. Al principio lo apoya el periódico adulador, sus amigos, los líderes del pueblo. Pero cuando descubren cuánto costará decir la verdad, todos se espantan. Entonces aparece su hermano, Peter Stockmann, que es alcalde y presidente del consejo del balneario. No niega el problema de fondo. Simplemente dice que aceptar la verdad saldría caro, destruiría el prestigio del pueblo y afectaría la economía.
—O sea que la ciencia se vuelve política,-dedujo el reportero.
—Como el detector de mentiras de Huacho. La información deja de discutirse por sus datos y empieza a juzgarse por su conveniencia. Primero dicen: “qué bueno que encontramos el problema”. Luego: “tal vez exageran”. Después: “no es el momento”. Más tarde: “están dañando al pueblo”. Y al final: “son enemigos del pueblo”.
—¿Y Huacho Díaz sería Peter Stockmann?
César Pompeyo soltó una risa breve.
—Don Huacho, en su semanera, se parece más al hermano alcalde de Stockmann que al doctor. Porque no logró desmentir con claridad los millonarios pagos a la empresa ADN por conducto de la televisora oficial. Lo que hizo fue desplazar el debate: en vez de responder el fondo, intentó desacreditar el ruido, el mensajero, el contexto.
—El detector no detectó mucho.
—Detectó miedo, pero esto para ti no debe ser nada nuevo. Acuérdate cuando el vocero presidencial le negó a tu periódico que el ex presidente Andrés Manuel López Obrador había sufrido un accidente cardiovascular en Mérida. Hasta que en su semanera admitió haber tenido “Un Vaguido”.
—También está el apellido Loret de Mola.
—Ahí hay otra ironía yucateca. En algunos integrantes de esa familia han coexistido el poder y el periodismo. Don Carlos Loret de Mola fue gobernador, periodista, hombre de letras y de poder. Su muerte quedó rodeada de circunstancias misteriosas. Pero antes se atrevió a dejar su verdad en Confesiones de un Gobernador. Esa clase de testimonios incomodan porque recuerdan que el poder siempre quiere administrar la verdad, pero nunca soporta que alguien la escriba completa. Sin embargo, yo me acuerdo que cuando su hijo Rafael Loret de Mola Vadillo se lanzó a la política yucateca, tu director pidió cuidarlo por ciertos lazos de amistad.
—Si me acuerdo don César. Pero entonces usted cree el nuevo asesor pretende que el gobierno quiera ser fuente, editor, juez y verificador?
—Y también víctima, no se te olvide. Esa es la nueva moda: el poder se disfraza de agraviado. Publica boletines, contrata espacios, presume cifras, reparte versiones oficiales y, cuando alguien revisa las costuras, grita: “¡mentira!”.
—Como en Ibsen, no cambian los hechos.
—Cambia la conveniencia de aceptarlos. Esa es la clave. Cuando la autoridad hace hace cuentas, mide intereses, calcula pérdidas y no refuta las pruebas, entonces simplemente concluye que la verdad no conviene y entonces ya no quiere comunicación social más bien prefiere propaganda con detector incluido.
—¿Por eso Loret de Mola pidió la cabeza del nuevo director de Comunicación Social?
—Pues es que le habrán dicho que es más duro pagar para publicar verdades y luego organizar una sección para censurarlas. Eso no es estrategia. Es confesión.
—¿Confesión de qué don César?
César Pompeyo volvió a abrir el periódico.
—De que la verdad, cuando sirve, es boletín. Cuando estorba, es mentira. Y cuando amenaza al poder, siempre aparece algún asesor dispuesto a llamarla enemiga del pueblo. Y de esos, estimado reportero, en Yucatán, ya vimos pasar a muchos y muchas.