Por Pablo A. Cicero Alonzo
La novela se titula 2,470 km y la firma un tal Nick Adams. Sin embargo, la comencé a escribir como Ítaca, Idaho. Hoy me dieron la noticia de que fue seleccionada para el Fondo Editorial Rita Cetina Gutiérrez, convocado por la Secretaría de la Cultura y las Artes.
Durante años he escrito cercado por el tiempo y el espacio: fronteras de horarios de cierre y número de caracteres. Esta novela es mi primera inmersión en un espacio más profundo y silencioso. Lo importante me liberó de lo urgente.
La convocatoria solicitaba un seudónimo, y elegí Nick Adams en un abrazo al verdadero protagonista de la novela: Ernest Hemingway. En 2,470 km se narran los últimos días del escritor estadounidense, del alta en un hospital psiquiátrico a su muerte.
Vaya ironía: regresa a casa con un salvoconducto para hallar en su destino el único desenlace posible para una vida tan exagerada como la suya. Un personaje impensable para estos días, carne de cancelación. Sin embargo, la literatura moderna sería impensable sin Hemingway.
La novela es un road trip en el que un pasajero recupera la memoria por medio de los sentidos: a Hemingway le trataron de arrancar la depresión y las pulsiones suicidas con el napalm de los electroshocks, reseteándolo por completo.
Al inicio de su regreso a su particular Ítaca no reconoce nada, ni a la mujer —su esposa— ni al hombre —su mejor amigo— que lo van a buscar y lo acompañan. Esta novela la escribí antes de que se estrenara La Odisea, de Nolan, y creo que es una clara muestra de cómo el relato de Homero se puede adaptar a gusto y antojo: el regreso a casa siempre es una hazaña.
Para leer 2,470 km no se requiere haber leído antes las novelas de Hemingway, ni conocer su biografía. Me limité a presentar a un hombre estragado que recoge recuerdos como si fueran luciérnagas, un hombre cuya vida en sí es mucho más emocionante que su obra.
Va sobre la fragilidad del granito y la ternura de los lobos; va de los peligros y las sorpresas del camino. Funambulista entre la cordura y la locura, el protagonista incluso pierde su nombre, que se va revelando letra a letra, como un juego. En ocasiones, 2,470 km puede parecer empapada de ficción, pero paradójicamente son los episodios más brutales los que rescaté de la realidad; los menos asombrosos, esos sí, son fruto de mi imaginación.
No me interesó recuperar al escritor épico, al cazador o al corresponsal de guerra, sino al huérfano de memoria que lucha contra un destino que, como se ha comprobado, ya estaba dictado en sus genes desde que nació. La noticia de que 2,470 km haya sido seleccionada ha sido una alegría que, estoy seguro, se replicará cuando la novela esté impresa y pueda compartirla.