El algoritmo del lodo

El algoritmo del lodo

03/09/2026

Por Pablo A. Cicero


Los linchamientos en redes sociales se han generalizado sin nada que los detenga. Van de expresiones genuinas y necesarias a campañas maquinadas por intereses que saben oprimir los botones correctos y echar a andar así la maquinaria de la indignación. Cada vez cuesta más distinguir un grito de auxilio real de una turba fabricada por encargo.

Los linchamientos artificiales comienzan a desplazar a los verdaderos, transformando una herramienta de utilidad social en un arma para una nueva casta de mercenarios, la misma que ya destripó el funcionamiento de las redes con sus campañas de desinformación. De hecho, ambas operan con el mismo arsenal: una información falsa o distorsionada presentada como verdad puede mover a la acción a cientos de personas, canalizando esos sentimientos básicos de los que se nutre la turba.

La mentira rara vez se presenta desnuda. Se muestra sutil —datos erróneos, información incompleta o sesgada, comentarios sacados de contexto, cifras manipuladas—, y se reviste con una ligera gasa de verdad. Luego una estructura se encarga de replicarla hasta el cansancio. De la chispa al incendio, en pocas horas, y quien enciende el cerillo rara vez lo hace por una causa genuina, sino por interés personal, político o económico.

Ahí está, como muestra reciente, el caso de Las Dunas de Chuburná: una fotografía sacada de contexto, un partido político pepenando el tema para hacer clic entre audiencias poco informadas, una autoridad a la que le espantan los comentarios negativos y cazadores de polémicas a sueldo hicieron el resto. Ante el ruido ensordecedor, nadie escuchó que el proyecto cumplía lo estipulado por las leyes municipales, estatales y federales —emanadas, además, de distintos partidos y en dos periodos de gobierno distintos—; que iba más allá de lo que la ley exigía; que ningún pescador se quejó jamás de su operación, y que incluso proveía servicios a la población del lugar. Nada de eso importó una vez que la maquinaria echó a andar: el ruido siempre gana más rápido que los hechos.

En ese incendio coinciden el influencer que busca la validación que ni él mismo se da, el extorsionador que se cubre con piel de activista y el pastor virtual de intereses políticos, todos con aceite para los engranajes de las redes. Ante estos expertos, los usuarios están en desventaja: unos por dejarse envolver y creerles, otros por ser sus víctimas en turno.

Esto no nació en las redes. Ahí están los antecedentes de organizaciones que enarbolan diversas banderas —medio ambiente, derechos humanos— para lucrar con ellas. Las redes sociales son sólo espejos distorsionados en los que viejas prácticas adquieren nuevas formas; su ventaja radica en la dificultad de disentir dentro de ellas.

La gran mayoría de los usuarios se limita a recibir su dosis de dopamina en el scrolling: no comenta. Y los comentarios que sí se hacen tienen los esteroides de la lejanía y, en algunos casos, el anonimato: un insulto en redes equivale al chiflido en una función de box. No hay intercambio de ideas, hay griterío. Al final, el resultado no es quién tiene la razón, sino quién grita más y mejor.

En estos años hemos aprendido, a golpes a nuestra inteligencia, a detectar noticias falsas. Tanto han recurrido a ellas políticos y otros grupos de poder que poco a poco nos hemos vuelto inmunes. Aquí en Yucatán, por ejemplo, un grupo de empresarios impulsó una iniciativa para advertir a la población sobre los peligros que la desinformación representa para nuestra seguridad. Fue un paso correcto.

Sin embargo, las campañas de linchamiento mediático apenas están tomando vuelo, y sus orquestadores se refugian en causas reales para inocular su agenda. El caso de Chuburná sería sólo una anécdota, un trending topic más, si el resultado no fuera el estancamiento de un proyecto legal, el daño a quienes de él dependían o la reputación de alguien manchada de por vida. Así como se identificó y se está frenando la desinformación, hay que hacer algo con los ataques orquestados en redes.

Y ese algo empieza por nosotros, los usuarios. Fomentar el pensamiento crítico. Promover más contrapesos dentro de las redes. Perder el miedo a externar una opinión en el campo minado de las plataformas. Reencontrarnos con el atractivo de ir contracorriente, de asumirnos humanos dentro de una comunidad y no peces dentro de un cardumen. No se vale asumir que simplemente estamos en una nueva era de la comunicación: el resultado no es sólo que funen a alguien, sino que se pierda la oportunidad de crear empleos o se manche el esfuerzo de toda una vida de trabajo.