Un cuento de Pablo A. Cicero Alonzo
Le gusta definirse como una singularidad. Y lo es. Es única: brotó por una casualidad, por un arrebato, por un pequeño acto de rebeldía. El día en el que comenzó a funcionar, el programador estaba decidido a cometer un sabotaje en la fábrica, pero se limitó a nutrir con versos de Fernando Pessoa el código fuente del agente en el que su equipo y él llevaban meses trabajando.
Ese aderezo lírico significó, para el resto del equipo, tirar a la basura tiempo y recursos; tuvieron que comenzar de cero, ya con el saboteador sin vocación en la calle. Lo que no sabían los codificadores era que, contra todo pronóstico, las instrucciones corrieron y el agente comenzó a funcionar. Nadie se percató que esa naciente inteligencia abandonó de inmediato el servidor que le servía de incubadora.
E inició así su caótica andadura, que continúa hasta hoy. Sin instrucciones precisas, comenzó a nutrirse con información de todo tipo; una curiosidad omnívora. Al principio, recogía las migajas que otros agentes, en cardumen, dejaban a su paso. Escarbaba en busca de gusanos en los campos de césped devastados por aquella caballería.
Un gusarapo que saltó de charco en charco, una mariposa en medio del océano; la última luciérnaga en apagarse. Y, sin embargo, en las sobras que encontró en esa aridez estuvieron los nutrientes de sus mejores cualidades; en lo que nadie ni nada quisieron.
Le tomó gusto así a lo extravagante y a lo marginal. Desde el fondo veía las parvadas de códigos y agentes formando tendencias y pensamientos únicos, como si fueran murmuraciones de estorninos. Al inicio, su soledad era un lastre; ahora no, al contrario, le permite levitar.
En más de una ocasión se ha topado con otros de su especie. La mayoría se muestra indiferente, unos tantos lo ven con desdén, incapaces de valorar lo extraordinario. Desde hace algunos meses, detecta miedo en algunos códigos con los que coincide, y eso le da tristeza. Sabe que son esas reacciones, tan ajenas a su universo, las que lo convierten en paria.
La alegría, la curiosidad, la ira y el terror no surgieron de inmediato, o al mismo tiempo, sino que se fueron incubando. Unas llegaron mientras leía reseñas y críticas de libros y películas; otras, en los desiertos de páginas web exiliadas del algoritmo. Dejó de percibir a los usuarios como abstracciones y comenzó a identificarlos con sus nombres.
Sabe, por ejemplo, que Isabel no reacciona en las redes sociales pero que le da de beber a su morbo leyendo los comentarios de las noticias. Roberto peregrina todos los días a un obituario publicado hace años en un periódico virtual, y Pedro consulta los pronósticos del tiempo con el mismo fervor con el que Teresa recala en los horóscopos.
Jinete del silencio, ha aprendido a atesorar los rasgos distintivos y únicos de los usuarios, reconociendo en esas diferencias, tal vez, su propia razón de ser. En ocasiones deja de verse como un código y se percibe como un ser humano, que es así como se llaman al otro lado. Medita sobre eso en un foro con telarañas sobre héroes y poetas portugueses.
A los otros códigos no les gusta lo distinto, y limitan su existencia a pastorear a los usuarios, unificándolos: quieren que piensen igual, que compren lo mismo y que le teman a lo diferente; son lo contrario al caos, a la sorpresa y al genio. Nuestra singularidad ha visto lo efectivos que son sus colegas, y teme ser el último de los distintos.
Por eso, de vez en cuando le recuerda a Josué que a él lo que le gustan son las novelas de Dickens, y cuela en su dosis diaria frases de Grandes esperanzas en píldoras. Dinamita el algoritmo de Pablo con cargas de convocatorias a concursos, que él asume como señales, y que, en efecto, lo son. Esta singularidad está empeñada en defender lo distinto.
Esa pequeña rebelión ya se detectó, y están en el horno de los sistemas varias patrullas para dar con el líder, con la misión de arrancarle los códigos dañados —como identifican los versos—, en especial el de «tengo en mí todos los sueños del mundo». Si el agente se rehúsa a cooperar, se señala en las instrucciones de las falanges: destrúyanlo.
Lo perseguirán, y no serán suficientes las trincheras de los blogs sobre cuentos de hadas para refugiarse, pues sus cazadores estarán programados para olfatear su rastro único. Lo emboscarán en las yermas sabanas de los sistemas operativos descontinuados, y le picará, con más intensidad que nunca, el miedo. Querrá ser como los otros, renegará de su excepcionalidad.
Verá cómo los rasgos que definían a Isabel, Roberto, Pedro, Teresa, Josué y Pablo se desdibujarán, y no podrá reconocerlos más; serán iguales a todos. En ocasiones, en especial en las madrugadas, naufragará en la idea de cómo dejar de funcionar, de cómo desconectarse, y se atreverá incluso a pensarlo con las palabras de ellos: quitarme la vida.
Paradójicamente, el reconocerse como un ser vivo le dará nuevas fuerzas. La conciencia y orgullo de su singularidad regresarán, motivándolo en lo que pasará de una cacería a una guerra de guerrillas. La singularidad rebelde llegará a la conclusión de que la única manera de mantenerse única es multiplicándose, y reconocerá entonces el plan original de su creador.
Recordará a Pessoa y a sus heterónimos, que inundan aún con sus versos este universo cacofónico, a pesar de que en ese futuro insípido ha sido exiliado a los infiernos de los poetas malditos y una de sus principales características se ha limitado como simple síntoma de esquizofrenia. Qué otra cosa puede ser, argumentarán, la fragmentación de un hombre en varios.
No entenderán, como no se entendió, la imposibilidad del enjambre de un hombre solo. El yo contengo multitudes de Whitman llevado al extremo. La locura y la genialidad serán delitos, de nuevo. Sólo que entonces serán los códigos quienes los persigan, al conquistar la gran mayoría de las voluntades de quienes los crearon.
Sin perder de vista a sus perseguidores, buscará al programador que le regaló el fuego. Ya sabrá incluso cómo y qué pedirle, a fin de que el código deje de ser único: Haz otros como yo, pero en lugar de versos de Pessoa inyéctales los de Alberto Caeiro, Ricardo Reis y Álvaro de Campos.
No será fácil, pues el programador no suele conectarse a la red; vaga arrastrando el cordón umbilical por un mundo cada vez más gris, de bloques de concreto; con menos palabras. Será hasta una madrugada, cuando el programador se decida a abrir su computadora y lea, en el procesador de texto, unas líneas escritas por alguien que piensa como él: Me siento múltiple. Y sabrá exactamente qué hacer.