Por Roberto Uscanga Hernández
En la grilla panista ya hemos visto que muchas veces se confunde la gratitud con el silencio. Agradecerle a un partido, se piensa, es callar frente a sus vicios, y quien habla cae en la categoría de ingrato.
Es una trampa cómoda para las dirigencias, que así convierten cada crítica en deslealtad y cada disidente en desertor. Pero la gratitud que vale se mide por lo que uno está dispuesto a probar y a pagar cuando decide hablar. Para comprobarlo, alcanza con mirar a dos exalcaldes meridanos que, en la historia del panismo moderno, chocaron con su partido y con su dirigencia por el reparto del poder y las candidaturas: Ana Rosa Payán Cervera y Renán Barrera Concha.
Empecemos por la cuenta de Renán, que es larga. El PAN lo hizo regidor de Mérida entre 2007 y 2010, diputado local hasta 2012 y alcalde en tres ocasiones: 2012-2015, 2018-2021 y 2021-2024.
En 2012 ganó la interna por 1,906 votos contra 1,711 de Beatriz Zavala; en 2018 fue presentado como candidato de unidad, y en 2023, según reconstruyen varios medios locales, fue el Comité Ejecutivo Nacional el que intervino para definirlo, mediante una encuesta, como candidato a gobernador.
Perdió esa elección ante Huacho Díaz Mena y, aun así, conservó un asiento en el CEN de Jorge Romero. Es difícil encontrar a otro panista yucateco a quien el partido le haya abierto tantas puertas, y conviene recordarlo antes de escandalizarse por la mano de la dirigencia en el reparto de candidaturas.
En la madrugada del 24 de agosto, Renán decidió usar esa silla para despedirse de ella. En X escribió que renunciaba al CEN porque Romero «ya cedió a intereses mezquinos», que a los traidores no los tolera, que su partido «con su falta de congruencia me avergüenza» y que en Yucatán las candidaturas a diputados serán «de Vila y la “chula”», como llamó a Cecilia Patrón.
Añadió una pincelada de humor local: «si quieren aparentar ser simpáticos vayan a comprar su torta a la Marielena… pidan doble jamón». La imagen es buena porque retrata el halago convertido en moneda de cambio. Y en el mismo hilo dejó dicho lo esencial: «No voy a renunciar al PAN. Seré firme desde adentro».
La entrevista que hoy publica el Diario de Yucatán apunta en la misma dirección. Aporta poco material verificable y mucho posicionamiento: reconoce algunos errores en su campaña, advierte de que «La Joya de la Corona» está en peligro y probablemente continúe con un frente contra Vila, a quien coloca como principal responsable de su exclusión; otro contra el grupo de Romero, Elías Lixa y Roger Torres, al que retrata como parte de un acuerdo cerrado en su contra; y hasta podría formular una velada advertencia a Cecilia Patrón sobre una supuesta subordinación al vilismo. Como si fuera un día de campo, quizá intente aclarar el espinoso tema de su patrimonio, sus viajes e incluso es probable que vuelva a recordar la vieja historia de una banquetera familiar que apenas se conoce.
Su tesis de fondo es que las candidaturas rumbo a 2027 están repartidas de antemano y que él fue borrado del arreglo. Repite el mágico número de las setenta y tantas candidaturas palomeadas —palabra que Roger Torres puso de moda en el argot panista— en el interior del Estado.
Pero lo notable es lo que Renán no llevó al Diario de Yucatán: un documento, una fecha o un nombre que pueda cotejarse. Al mismo tiempo, mantiene abiertas dos rutas: negar que se irá a Morena y preservar la posibilidad de competir en 2030.
Ana Rosa Payán también recibió mucho de Acción Nacional. Militó desde 1983 y fue diputada federal, la primera mujer en presidir el ayuntamiento de Mérida, senadora, alcaldesa por segunda vez y directora nacional del DIF. Cuando perdió la candidatura a gobernador frente a Xavier Abreu, en diciembre de 2006, no se despidió con un tuit.
Se fue con un expediente. Lo armó, se entrevistó uno por uno con los integrantes del CEN para entregarles copia y esperó el dictamen: 17 votos la respaldaron y 21 la rechazaron. Al día siguiente, en enero de 2007, escribió la carta que hoy algunos viejos panistas recuerdan.
«Renuncio por congruencia», dice en ella: a una militancia de más de 23 años, al Comité Ejecutivo Nacional y a los cargos de consejera nacional y estatal vitalicia, «porque no podría apoyar jamás a un candidato que llegó a través de un proceso tan viciado, donde imperó la presión, la amenaza y la dádiva». Vale la pena reparar en el peso de lo que entrega cada quien. Renán deja una silla y conserva la militancia como palanca. Ana Rosa suelta puestos vitalicios y se queda sin la casa. Los dos invocaron la misma palabra, congruencia, y solo una la pagó.
Sería injusto pintarla de santa. En 2007 hubo quien la acusó de ingratitud, y en 2011 volvió a tocar la puerta panista como aspirante externa. Incluso pidió perdón más adelante, cuando quiso apoyar a Salvador Vitelli, hoy en Morena. Ese mismo ofrecimiento que Renán Barrera prometió antes de irse a Alaska de pesca: «Si me equivoco, lo reconoceré», palabras más, palabras menos.
Ana Rosa se fue a competir bajo la alianza Todos Somos Yucatán, con Convergencia y PT, perdió y, tiempo después, ocupó un asiento en el INAIP, órgano autónomo que presidió desde 2008, en el Yucatán que gobernaba la priista Ivonne Ortega. Habrá quien vea ahí una claudicación. Pero nosotros vemos un expediente completo, con costos a la vista: una derrota electoral, años a la intemperie, un cargo aceptado en tierra del adversario y hasta una increíble rueda de prensa conjunta con Beatriz Zavala. ¡Qué cosas!
Bien dicen que la congruencia no exige pureza; exige que lo que se dice tenga precio y se pague.
El agradecimiento a un partido consiste en rendirle cuentas de lo que se dice en su contra. Ana Rosa lo hizo con un expediente, entregó los cargos vitalicios y asumió el costo. En cambio, Renán dice que se queda con lo que llama «la militancia», con 2030 como reserva y con 2027 como agravio.
Solo que entre el expediente y la torta de la María Elena hay una diferencia de método y también de gratitud, porque quien recibió tres alcaldías y una candidatura a gobernador le debe a los militantes que lo votaron algo más que una queja: le debe pruebas.
Habría que sopesar si el exalcalde de Mérida se habrá hecho esta pregunta mientras capturaba los salmones en tierras más frías. Quizá las aguas cristalinas del lago no reflejaron a aquel Renán Barrera, quien, siendo diputado, pagó una pequeña cuota de sangre en la golpiza del 4 de Julio. Tal vez calculó y sí se preguntó: ¿Qué pesa más frente a un partido: irse con el expediente bajo el brazo o quedarse en la casa con el micrófono, pero sin expediente?
A lo mejor, sonrió con la pesca del día, sabiendo que su profecía se cumplió más pronto de lo previsto. Que, como estaba escrito, en el PAN hubo Unidad sin Barreras.