Por Roberto Uscanga Hernández
Desde la Mañanera del Pueblo, la directora general de la Comisión Federal de Electricidad, Emilia Esther Calleja Alor, anunció que la península ya tiene quien la cuide: cuadrillas traídas de toda la República, trabajos de modernización en las redes de transmisión y distribución y, según sus palabras, "estamos ya resolviendo las causas raíz". Entre esas causas, la que se quedó con el titular fue la vegetación que invade las líneas, agravada, dijo, por lo rápido que crecen los árboles en la región. La presidenta Claudia Sheinbaum respaldó la explicación con un ejemplo doméstico: unas ramas que crecen en medio de un cable pueden dejar a oscuras una colonia entera. Por eso, concluyó, la poda tiene que ser permanente.
Conviene empezar por reconocer lo obvio: la explicación no es falsa. Las ramas sí tumban líneas, y no es un hallazgo de esta semana. La propia Agencia de Energía de Yucatán atribuía el 44% de las interrupciones a ramas y árboles caídos, como se dijo en este espacio hace un mes. Podar es mantenimiento elemental, del que cualquier compañía eléctrica debería ocuparse sin necesidad de conferencia. El problema no está en lo que la CFE dice, sino en lo que esa frase alcanza a tapar.
Lo que tapa es una cuestión de escala. El árbol explica el apagón de la colonia, no el de la península. El que dejó sin luz a 745 mil usuarios en Yucatán, Quintana Roo, Campeche y Chiapas no lo provocó una rama sobre el cable de una calle de Pensiones; en la misma conferencia la presidenta recordó que se originó en una línea de transmisión. Son dos redes distintas con dos fragilidades distintas. La de distribución se cae por tramos y se levanta con tijeras. La de transmisión, cuando pierde un enlace crítico, arrastra a cuatro estados. A eso se refería el exsubsecretario César Hernández cuando dijo que la península está colgada con alfileres, y un alfiler no se poda. Se sustituye por una red con rutas alternas, con gas suficiente y con respaldo ante contingencias. Hasta el gasoducto Cuxtal volvió a aparecer en la conferencia, otra vez en tiempo futuro, como lo que reforzará el suministro cuando exista.
Que le digan desde el púlpito de la 4T a la gente que los árboles son culpables es una narración tan cómoda como ociosa. Convierte un problema de resiliencia en un problema de jardinería. La jardinería se puede fotografiar, contar en kilómetros desbrozados y presumir en cuadrillas llegadas de otros estados; como cuando azotó el huracán Isidoro. En cambio la resiliencia exige un documento que todavía nadie ha querido publicar.
Y aquí aparece la contradicción que ninguna mañanera menciona. A Mérida no le sobran árboles: le faltan. La ciudad creció a fuerza de fraccionamientos de casitas idénticas, sin sombra y sin suelo permeable, diseñadas como si el trópico fuera un rumor. La arquitecta Silvana Forti Sosa, del Laboratorio Urbano de la Universidad Modelo, advirtió en junio que la pérdida de vegetación ha convertido a Mérida en una enorme isla de calor, y que ese modelo de vivienda obliga a sus habitantes a depender del aire acondicionado. Otros especialistas ya dicen que los meridanos estamos normalizando en nuestras vidas la compra de paneles solares y la de baterías como algo tan necesario a una póliza de Gastos Médicos Mayores.
Ahí está la cadena completa: el árbol que falta en la banqueta calienta la casa, la casa enciende el minisplit, el minisplit empuja la demanda y la demanda castiga a una red que ya estaba al límite. Sin pilas, sin páneles, cuando la red falla, la explicación oficial voltea hacia el árbol que sobra junto al poste.
Si el árbol pudiera hablar diría: “Hey! Yo soy el mismo árbol contado dos veces, una para que no me vean verlo y otra para culparme!
El asunto es que si la poda se instala como la respuesta, el éxito se medirá en ramas cortadas y no en apagones evitados. Una cuadrilla venida de Sonora o de Puebla es una buena foto, pero no es un expediente. El expediente sería otro: el mapa de enlaces críticos de transmisión, el calendario real de Cuxtal y de la ampliación del ducto, el estado de las subestaciones, la curva de la demanda en temporada de calor frente a la capacidad instalada. Nada de eso cabe en una explicación de colonia, y por eso nada de eso aparece. Peor aún, una poda hecha con prisa, de las que dejan el tronco mutilado, le quita a la ciudad la poca sombra que conserva y empuja un grado más el termostato del verano siguiente.
Si uno toma la explicación oficial al pie de la letra, las conclusiones se vuelven casi cómicas. Si en la península crecen tantos árboles que hay que traer cuadrillas de toda la República para contenerlos, quizá ya no haga falta Sembrando Vida. Y con la misma lógica, si la desocupación en Yucatán es de apenas 1.5%, tampoco haría falta Jóvenes Construyendo el Futuro, salvo por el pequeño detalle de que casi seis de cada diez personas ocupadas trabajan en la informalidad. Es el mismo reflejo que se vio con la respuesta a Coparmex: se contesta con el tamaño del dato que conviene y se deja en el cajón el que incomoda. La abundancia de árboles se invoca para explicar el apagón; la escasez de árboles se omite para no explicar la demanda.
Así que cuando se te vaya la luz, acuérdate de que, para la CFE y para el gobierno de Morena, la culpa la tiene el árbol, y que la solución anunciada es mandar tijeras.
Mientras tanto, la península sigue colgada de los mismos alfileres, ahora con menos sombra y más minisplits encendidos. La pregunta que queda es simple: ¿cuántas ramas más tendrán que cortarse antes de que alguien publique, por fin, el mapa de la red que de verdad nos está dejando a oscuras?