Por Roberto Uscanga Hernández
En mayo de 2023, cuando en Yucatán todavía se discutía quién encabezaría a la oposición contra Morena, Por Esto! publicó una columna titulada «El liderazgo que necesitamos, para el Yucatán que podemos ser». La firmaba Víctor José López Martínez, y su conclusión cabía en un nombre: Liborio Vidal Aguilar, entonces secretario de Educación de Mauricio Vila, era a su juicio «un perfil que cumple con los atributos para conducir al Yucatán que podemos ser». Empresario del oriente, origen popular, treinta años de carrera, presencia creciente en Mérida. El elogio venía de casa: López Martínez había trabajado como asesor de Liborio en la SEGEY.
En julio llegaron dos entregas más. En la primera, «En Yucatán y México: el nuevo escenario de la alianza», presentaba a Liborio como carta de la coalición PRI-PAN-PRD para la gubernatura, ya empatado en preferencias con Renán Barrera, y le reconocía la virtud de ser «cercano al empresariado y los factores de poder». En la segunda, «Acoso y censura en la política yucateca», salía a defenderlo de lo que llamó una campaña de hostigamiento mediático en su contra, atribuida a medios conservadores y a quienes se benefician del statu quo; para ilustrar la injusticia, el columnista no encontró mejor ejemplo que el de Diego Fernández de Cevallos en 1994. En esa misma lista de aspirantes opositores aparecía, por cierto, Rommel Pacheco. Tres columnas, un solo candidato y un solo proyecto: el de la alianza opositora. Morena no aparecía en ninguno de los textos más que como el rival que había que vencer.
Tres años después, el columnista despacha como representante del gobierno de Joaquín Díaz Mena en la Ciudad de México, y el aspirante que promovía para la alianza contra Morena se registra hoy para ser el abanderado de Morena en Mérida. Esa es, en tres actos, la historia del superchapulín, contada por quien le escribía los elogios. Y lo único que no cambió en el camino es el sueño que aquellas columnas le vendían: la gubernatura. Cambió el partido que se la va a pagar.
Alberto Nolasco Sosa no es un opositor ni un columnista con agenda. Es fundador de Morena en Yucatán, de los que pegaron bardas cuando el partido no daba ni para el pasaje, y esta semana dijo en voz alta lo que muchos morenistas de base mascullan desde hace meses: que si la dirigencia sigue repartiendo coordinaciones a gente llegada de otros partidos, 2027 será una derrota. Lo dijo con el nombre en la boca. Liborio Vidal Aguilar suena para la Coordinación de Defensa de la Transformación en Mérida, que es la manera elegante que encontró Morena de decir candidatura a la alcaldía. Y Nolasco recordó, para que nadie se haga el desmemoriado, que ya probaron la receta en 2024 con Rommel Pacheco, panista de cuna, y que Mérida les cobró la factura.
Pero Liborio no es un chapulín cualquiera. Es el superchapulín. Rommel venía de un solo partido; Liborio trae el pasaporte lleno de sellos. Hizo carrera en el PRI, el de la estructura, el acarreo y la porra, ese que Morena prometió mandar al museo. Pasó por el PRD. Y cuando el PRI dejó de rendir, encontró acomodo en el gobierno panista de Mauricio Vila, donde fue secretario de Educación y donde se presentó como el Amigo Libo con la ilusión de ser candidato a gobernador. No era un aliado decorativo: según la reconstrucción de aquellos acuerdos, su grupo ayudó al PAN en la elección legislativa de 2021, la que le dio al panismo la mayoría en el Congreso y le permitió aprobar sus reformas.
Dicho en lenguaje morenista: mientras los fundadores hacían campaña contra el PAN, Liborio le operaba al PAN.
Para la militancia que fundó Morena en Yucatán, Liborio representa exactamente lo que vinieron a erradicar: el viejo priismo de cuotas, la política como mudanza permanente y el pragmatismo que se cobra en nómina. Que ese perfil llegue precisamente a Mérida, la plaza más simbólica del estado y la única que el morenismo nunca ha podido ganar, no es un descuido de la convocatoria. Es una decisión.
Y ni siquiera es una decisión que se explique por cálculo electoral. El pragmatismo, al menos, suele tener la decencia de traer votos. Liborio no trae nada. No tiene estructura propia en Mérida, no tiene territorio, no tiene base social que mover ni recursos que poner en la mesa más allá de los que siempre ha obtenido de estar cerca del gobierno en turno.
Lo que sí trae, si se atienden esos rumores, es una empresa, Bomssa, cuyas ventas a ayuntamientos, diputados y gobiernos habrían crecido al mismo ritmo que sus cambios de partido. Es decir, Morena no estaría sumando a un operador, sino a un proveedor. Y para hacerle sitio, quedan en la banca morenistas que sí llevan años esperando turno en Mérida, como Ermilo Barrera o Raúl Osorio. El superchapulín no viene a sumar al movimiento; viene a cobrarle al movimiento.
Y aquí está lo que más debería indignar a cualquier morenista: a Liborio ni siquiera le interesa ganar Mérida. Mérida es el pretexto. Lo que busca es lo que no consiguió en 2023 como el Amigo Libo: que la gente lo conozca. Una campaña a la alcaldía de la capital es la vitrina más cara del estado: meses de exposición, debates, bardas, espectaculares, entrevistas y recorridos, todo con la marca de Morena y con los recursos de Morena. Si pierde, no pierde nada; se queda con el nombre posicionado y la credencial de "candidato de la transformación" bajo el brazo para tocar la puerta en 2030 y pedir la gubernatura. El morenismo yucateco no estaría postulando a un candidato a alcalde: le estaría financiando la precampaña a gobernador a un señor que hace tres años lo quería derrotar. La militancia pondrá las bardas, el voto duro y la cara en las casillas; Liborio pondrá la foto. Y cuando llegue 2030, los mismos fundadores que hoy se tragan su candidatura escucharán que el "liderazgo que necesitamos" ya tiene experiencia en campaña, recorrido en la capital y reconocimiento de nombre. Se lo habrán pagado ellos.
Y las decisiones tienen autor. En el morenismo de base nadie duda de quién mueve la ficha de Mérida: Mario Millet Encalada, el colaborador más cercano del gobierno de Joaquín Díaz Mena, cuyo afán de controlar cada espacio de decisión ya no se disimula. El método es reconocible.
Primero se ocupan las secretarías, luego las representaciones, después las candidaturas, y al final al morenismo histórico le queda la tarea de aplaudir en el mitin y repartir volantes por candidatos que ayer los combatían. Y Millet no opera solo. Su grupo es el mismo de Víctor José López Martínez: el asesor de Liborio en la SEGEY, el columnista que lo promovía contra Morena en 2023, el representante del gobierno estatal en la Ciudad de México.
El jefe de ayer, el empleado de entonces y el operador de hoy forman un solo círculo, y ese círculo es el que decidió Mérida. Los caminos del superchapulín hacia Morena no se abrieron este mes; se fueron pavimentando desde adentro del propio gobierno.
Ahí entra el gobernador. Huacho conoce mejor que nadie el resentimiento de las bases contra los chapulines, porque él mismo fue panista y tuvo que ganarse la confianza de un movimiento que lo miraba con recelo. Por eso su papel en este episodio era el de estadista: cuidar al partido que lo llevó al poder, poner un límite a los operadores de su gobierno y entender que una plaza como Mérida no se gana con un expediente prestado por el adversario. No lo hizo. Concedió. Dejó que la lógica del control interno se impusiera sobre la lógica del movimiento, y en esa concesión hay una claudicación: la de un gobernador que prefiere administrar a sus colaboradores antes que conducir a su partido.
La convocatoria para las 106 coordinaciones municipales cierra su registro hoy domingo 18 de octubre, el mismo día en que Liborio acude a inscribirse, y Nolasco pidió que el proceso termine sin sobresaltos y con el lema que Morena repite como oración: no mentir, no robar, no traicionar. Es justo el tercero el que está en juego. Porque para un fundador que lleva años esperando su lugar, ver a Liborio de candidato no es pragmatismo electoral: es la confirmación de que en Morena Yucatán la lealtad no se premia, se archiva, y la trayectoria más rentable no es la del militante que se quedó, sino la del chapulín que supo cambiar de casa en el momento justo.
Con el registro de este domingo queda claro que Liborio no viene a ganarle Mérida al PAN. Viene a usar Mérida para que en 2030 lo conozcan los que nunca votaron por él, con el dinero, la marca y el trabajo de los que siempre votaron por Morena. La pregunta la van a hacer en voz alta los mismos que fundaron el partido: ¿para qué votar por Morena en Mérida si el candidato es el mismo que ayer cobraba del otro lado y mañana va a cobrar la gubernatura con lo que hoy le prestan?