Por: Roberto Ponce Medina
Llevo una semana leyendo a mi partido con la misma sensación de quien ve discutir a dos primos en un velorio: nadie sabe bien por qué pelean, pero todos entienden que el muerto es la excusa. El muerto, en este caso, se llama Liborio Vidal, y tiene la particularidad de estar muy vivo y de no haber dicho una palabra.
Recapitulo para quien no siga el serial. Primero, un académico explicó en una entrevista que la llegada de Vidal a Morena era el fruto de un pacto entre el exgobernador y el actual gobierno: Vila lo habría negociado para asegurarse un futuro cómodo. La tesis tenía la elegancia de las conspiraciones: explicaba todo sin probar nada. Después, un diputado local del PAN publicó una carta, impresa y luego subida a sus redes con foto en el Congreso, para desmentirla con energía: no hubo pacto, no hubo traición, y la derrota de 2024 tiene un solo responsable, el candidato que no recorrió los 106 municipios y "no tuvo la capacidad para ganar". No lo nombró. No hacía falta.
Pongamos las dos versiones una junto a la otra, que es lo que ninguno de los dos quisiera. Según la primera, Liborio es producto de un pacto del exgobernador con el gobierno. Según la segunda, no existe pacto alguno y Liborio simplemente es Liborio. Las dos no pueden ser ciertas al mismo tiempo. Lo único en lo que coinciden es en usar al mismo señor para decirse, entre panistas, lo que llevan dos años callando: que la gubernatura se perdió y que todavía no se ponen de acuerdo en quién la perdió.
Mientras tanto, en la otra sede del partido, que es el Ayuntamiento, la semana tampoco fue tranquila. Se fueron dos funcionarios de primera línea y la alcaldesa lo presentó como un ajuste administrativo, agradeciendo al exgobernador en la misma conferencia, por si alguien dudaba de a quién se le rinden cuentas. La secretaria general del partido renunció a su cargo y 48 horas después ya despachaba en la Comuna, lo cual resuelve de un plumazo la vieja pregunta de dónde termina el PAN y dónde empieza el gobierno municipal: en ningún lado. El exgobernador publicó su "único e incondicional apoyo" a la alcaldesa, con una frase sobre "quien alguna vez participó en mi gobierno" que es la manera más fina que he leído de borrar a alguien de la foto. Y el dirigente estatal, por su parte, descubrió que el aspirante de enfrente no nació en Mérida, argumento que, aplicado con rigor, dejaría sin credenciales a media ciudad y a varios próceres del propio partido.
Lo que más me inquieta como panista viejo no es el ruido, es el silencio del otro lado. Vidal pasó la semana en una asamblea distrital de Morena respondiendo preguntas incómodas de una militancia que no lo quiere y que, por lo visto, se las hizo todas. Pidió que lo midan. Dijo que apoyará a quien gane. Y se fue a su casa. Mientras tanto, el partido que gobierna esta ciudad desde que yo tenía pelo le hizo la campaña gratis: lo mencionó más veces en siete días que a cualquiera de sus propios aspirantes, le dio portadas, cartas, columnas y hasta tarot. Si yo fuera su estratega, mandaría flores.
Hay una pregunta que en las casas de mi rumbo se hacía en voz baja y que esta semana ya se hace en voz alta: ¿quién manda en el PAN de Yucatán? ¿El exgobernador desde el Senado, el excandidato desde la sombra, la alcaldesa desde el Ayuntamiento o el dirigente desde un comité que ya no puede retener ni a su secretaria general? Mientras no haya respuesta, lo que en Mérida llamamos "el partido" es una casa con cuatro cabezas y ninguna voz, y la ciudad lo nota. Porque un partido que no sabe quién manda difícilmente puede explicarle a Mérida qué le falta. Y esa, al final, era la única pregunta que importaba.