Por Roberto Ponce Medina
Carlos Castillo Peraza nos enseñó, a los que entramos a Acción Nacional cuando entrar era una forma de perder, que el partido no competía por ganar el poder sino por ganar conciencias. Lo decía en la casa del partido, con el saco puesto a pesar del calor, y nosotros lo escuchábamos como se escucha a un maestro. Después él perdió Mérida en 1990, se fue a escribir, y un año después ganamos con Ana Rosa Payán. Así era el panismo de entonces: se perdía con decoro y se ganaba con humildad.
Lo recuerdo porque esta semana mi partido cometió el único pecado que don Carlos no perdonaba: la soberbia.
Un diario de la capital de la República publicó que nuestra alcaldesa le lleva más de treinta puntos al recién llegado de Morena. Treinta puntos. En la doctrina que nos enseñaron, una ventaja así se agradece en silencio y se honra con trabajo. Se deja al adversario caminar solo por el sur hasta que se canse, y uno sigue barriendo la casa. Lo que no se hace es lo que hicimos: una columna con fuentes sin nombre el lunes, un cartón el martes, otro el miércoles, una calavera, un sacerdote escribiendo sobre el mal gusto y un locutor repitiendo el guion completo a las siete de la mañana. Todo en una semana. Todo contra un hombre que, según nuestros propios números, no existe.
Me pregunto, como correligionario que ha pagado sus cuotas desde antes de que varios de los actuales dirigentes hicieran la primera comunión, qué fue lo que dolió tanto. Si el señor es tan chapulín, tan irrelevante, lo prudente era dejarlo pasar. La reacción no fue prudente. Fue la de alguien a quien le tocaron una herida vieja.
Y yo sé cuál es la herida, porque ya sangró dos veces.
La primera fue en 2007. Teníamos el gobierno del estado, teníamos al presidente de la República recién estrenado y teníamos a Xavier Abreu, un hombre de bien al que todos dábamos por gobernador. Nos confiamos tanto que no vimos venir a una candidata del PRI que caminó el interior mientras nosotros repartíamos la foto. Nos ganaron por siete puntos. Esa noche, en más de una casa del norte de la ciudad, se brindó antes de tiempo.
La segunda fue hace apenas dos años. Renán Barrera llegó a mayo de 2024 con ocho, nueve, diez puntos de ventaja en las encuestas que publicaba el periódico de siempre. Teníamos al gobernador mejor calificado del país, teníamos la alcaldía, teníamos todo. Perdimos por cinco. Y después hicimos lo que la soberbia manda: buscar culpables adentro. Hoy el coordinador de nuestros diputados le carga la derrota al excandidato en una carta pública, y el excandidato espera "mejores tiempos" en su casa. El pleito sigue abierto. Don Carlos lo habría llamado por su nombre: vanidad.
Esa es la herida. A mi partido lo asusta su propio historial, más que el señor Vidal. Sabe que en Yucatán las ventajas de mayo no se cobran en junio. Sabe que la alcaldesa hereda un partido con tres grupos que no se hablan: el del exgobernador, el del excandidato y el de los que todavía creemos que Acción Nacional es una doctrina y no una nómina. Y sabe, aunque no lo diga, que treinta puntos con un tercio de los votantes sin decidir no son una ventaja. Son la fotografía del día en que el otro apenas se registró.
Por eso la reacción fue tan grande. No se respondía a un aspirante. Se respondía a un recuerdo.
Lo que me duele no es que ataquen al señor Vidal; para eso están los adversarios. Me duele que, mientras Mérida se inunda en las mismas esquinas de siempre y el INEGI nos dice que nueve de cada diez vecinos ven baches en su calle, mi partido dedique la semana a dibujar camisetas. Desde que don Manuel Correa Rachó ganó esta ciudad en 1967, el panismo de Mérida se ganó la confianza de la gente haciendo bien las cosas pequeñas. Si la mejor respuesta que tenemos hoy a un hombre que pregunta qué le falta a Mérida es decirle que cambió de partido, el problema no está en él.
En 2007 pecamos de confiados. En 2024 pecamos de confiados. En 2026 hemos encontrado la manera de pecar de confiados y de miedosos al mismo tiempo. Gómez Morín hablaba de una brega de eternidad. Nosotros, por lo visto, estamos en una brega de una semana.