Por Roberto Uscanga Hernández
El domingo 1 de noviembre, el gobernador Joaquín Díaz Mena nombró a Alaine López Briceño directora general de Comunicación Social. Con ella son cuatro los responsables del área en poco más de dos años de gobierno, si se cuenta la etapa en que el secretario técnico del Gabinete, Janitzio Durán Ortegón, asumió las funciones como encargado. Wendy Aguayo se fue en noviembre de 2025 sin que nadie explicara por qué, Joaquín Ocampo llegó ese mismo mes y salió en julio, despedido con la fórmula de los "términos cordiales y respetuosos"; Durán cubrió el hueco desde otro escritorio. Y ahora llega una secretaria del gabinete a ocupar una dirección. La instrucción pública fue la de siempre: claridad, oportunidad, transparencia y apertura con los medios.
Cuatro nombres en dos años se leen fácil como inestabilidad, y lo son. Pero la lista dice algo más incómodo. La Dirección de Comunicación Social ha sido en este gobierno una ficha de ajedrez que no siempre encontró lugar ni en los cuadros blancos ni en los negros del tablero. Se movía, se reponía, cambiaba de mano, pero rara vez se supo qué casilla debía defender. Por eso la pregunta útil no es quién ocupa el cargo. Es qué se hace con el cargo.
Conviene mirar el tablero completo, porque la oficina no siempre fue lo que hoy es. En el siglo pasado bastaban ocho medios tradicionales y un jefe de prensa. El gobernador no necesitaba encuestas, estrategias ni asesores; la línea política bajaba clara y sin dudas, y el jefe de prensa la repartía. Era un oficio de mensajería con mucho de cortesía y poco de estrategia, posible en una plaza donde todos los interlocutores cabían en una mesa.
Patricio Patrón Laviada tuvo un director y tres jefes de Prensa: la rotación estaba abajo, en la operación, mientras la conducción se mantenía arriba. Con Ivonne Ortega la oficina se convirtió en una súper secretaría millonaria, con un presupuesto y un peso político que todavía hoy explican por qué en ese despacho hay una bandera de México, como en las secretarías. Con ella llegaron también numerosos medios quintanarroenses que habían apadrinado la candidatura de la entonces joven gobernadora y que vinieron a Yucatán a cobrar el padrinazgo. Tras los escándalos de Ivonne Ortega, su rompimiento con los empresarios y hasta la llegada de Salinas de Gortari para poner orden, Rolando Zapata devolvió la oficina a un tamaño más discreto: una Coordinación General dependiente de la Secretaría General de Gobierno en el organigrama, con funciones de dirección en la práctica y bajo el mando directo del Jefe del Despacho del Gobernador. Mauricio Vila hizo lo contrario de todos sus antecesores: la dirección de Comunicación no se anunció antes del arranque del gobierno, y hasta el día de su toma de protesta no se sabía de manera oficial quién ocuparía dicho cargo. Quizá porque pensaba igual que su sensei, Xavier Abreu: había que volverla una simple coordinación.
Cada uno movió la pieza a su manera, y cada movimiento dijo algo de cómo entendía el gobernante su relación con los medios: como mensajería, como aparato, como coordinación o como asunto que no tenía por qué ventilarse antes de tiempo. Lo que ninguno hizo fue cambiar al titular cuatro veces en dos años.
Con Díaz Mena el arranque fue el inverso exacto al de Vila. Su primera directora fue la primera funcionaria en ser nombrada, y en plena transición se leyó como una señal de respeto a los medios: antes que el gabinete duro, el gobernador electo decía quién iba a contestar el teléfono. La señal era buena. El problema es que las señales se gastan cuando lo que sigue las contradice. A la renuncia sin explicación siguió un vocero cuyo portal, según se publicó en la prensa local, mantenía un contrato vigente con el mismo gobierno que lo nombraba; después, un encargado que atendía Comunicación Social además de sus propias tareas. La ficha que se colocó primero en el tablero terminó siendo la que más veces se ha tenido que reponer.
Tanto movimiento tiene un costo que no aparece en ningún comunicado: abarata el cargo. Y conviene ser precisos sobre a quién le quita. No a sus titulares, que cada uno cargará con su propio balance, sino a la institución, que pierde la seriedad que esta disciplina exige. La comunicación de un gobierno ya no es la de ocho medios y un jefe de prensa: es un ecosistema de portales, páginas, cuentas temáticas, televisoras con marco propio y monitoreo diario, donde una protesta frente a Palacio puede pesar más que una semana de boletines. Y del otro lado de la mesa hay nuevas generaciones de periodistas que no conocieron la cortesía de antes ni le deben nada a nadie, que preguntan en vivo, verifican en minutos y miden a la oficina por lo que responde, no por quién la encabeza. A esos interlocutores una dirección que cambia de rostro cada seis meses les manda un mensaje claro: que el cargo es de paso. Y lo que es de paso, se toma a la ligera.
Alaine López no llega a una casilla tranquila. El gobernador cerró octubre con la aprobación al alza, pese a un mes en que le pegaron por varios lados: el O'Horán, el Va y Ven, la seguridad, la protesta de Josefina frente a Palacio. Le pegaron por varios lados, pero no juntos. Hubo ruido, pero no hubo coro. Ése es exactamente el trabajo que hereda: que el hospital siga siendo sólo un asunto de salud, el transporte sólo de transporte y la llegada de Liborio Vidal sólo un trámite partidista. El día que todo eso empiece a significar lo mismo, no habrá boletín que alcance. Y encima corre la grilla: funcionarios que dejan el cargo por una candidatura, diputadas que piden licencia, Estefanía Baeza de regreso al Congreso, Rulo Osorio fuera de la Beneficencia. A la oficina le toca ahora impedir que los costos de 2027 se carguen a la cuenta del gobernador.
Hay, además, algo que la separa de sus tres antecesores. Ninguno de ellos estuvo tan cerca del gobierno paralelo del Renacimiento Maya como lo estará ella. Alaine López no llega de fuera a pedir la información: llega de adentro, del sitio donde se produce. Conoce las obras en plena ejecución porque las encabezaba, conoce de cerca el crédito negociado con la bancada panista, y llega cuando el proceso electoral ya está encima. Las tres piezas que en este momento le importan al gobierno pasan ahora por el mismo escritorio que decide cómo se cuentan.
Queda el detalle del nombramiento que más se comentará en los pasillos. Alaine López era secretaria de Infraestructura para el Bienestar: la cara de las calles del Plan Bienestar, de los Pilares, de Ciudad Bienestar en Ucú, acostumbrada a cortar listones y a hablar frente a las cámaras. Ahora pasa a una dirección general y trabajará para que las luces y los flashes caigan sobre otra persona. Con el organigrama en la mano parece una degradación: dos veces secretaria, en dos gobiernos de partidos distintos, y ahora directora. Con otra lente es una prueba de disciplina.
Y aquí la genética importa. En el ADN del PRI la disciplina es una virtud: se va a donde el jefe manda, se sube o se baja de escalón sin hacer de ello un drama, y la lealtad se mide por la capacidad de aceptar el lugar asignado. En la genética del PAN, el partido que postuló a Díaz Mena a la gubernatura en 2012, la cosa se entiende distinto: el cargo es trayectoria, la trayectoria es patrimonio y bajar de escalón se vive como agravio. El gobernador conoce las dos escuelas, y Alaine López también: antes del Renacimiento Maya fue secretaria de la Juventud en el gobierno priista de Rolando Zapata, el mismo que entendió que Comunicación Social podía tener rango menor en el papel y mando real en los hechos. Viene, pues, de una casa donde moverse de escalón no se negocia: se acata.
Por eso, aunque para muchos suene a degradación, es sólo un espejismo. Con Alaine López no se movió a una secretaria a un escalón menor: triunfó el interés por el manejo de una cartera fundamental para 2027. El problema de esta oficina nunca fue la falta de titular, sino la falta de casilla, y esta vez la pieza llega con una jugada pensada para ella. Las tres anteriores fueron fichas que se reponían sin mucho trámite. Ésta, ahora sí, será el caballo del tablero, la única pieza que salta por encima de las demás y que, como ustedes saben, sólo se mueve en forma de la letra ele. Ele de López, como el de Dafne, como el de su hermano Víctor y como el del expresidente en Palenque. ¿Cuántas casillas del 2027 alcanzará a brincar el caballo antes de que alguien en el tablero se pregunte quién lo está moviendo?