Los de casa / Fuego amigo

Los de casa / Fuego amigo

05/11/2026

Por Roberto Ponce Medina


El jueves leí dos veces el Diario. La primera a las siete, en papel, con el café: Plaza Grande contaba con lujo de detalle una reunión del exalcalde Renán Barrera con el gobernador en Chuburná y la llenaba de conclusiones. La segunda pasadas las seis, en el teléfono, porque un amigo me mandó la carta de Renán publicada en la página del mismo periódico: que sí hubo reunión, que dialogar no es pactar, que sigue siendo panista y que no se va a ningún lado. Doce horas, un periódico, dos versiones. Y las dos, esto es lo que importa, panistas.

Fui regidor suplente entre 1991 y 1993. Suplente, es decir, el que se sienta atrás y aprende. Lo que aprendí en aquellos años es para qué servía el Diario. Servía para pelear contra alguien. Contra el gobernador priista de turno, contra el fraude de la casilla tal, contra el abuso del funcionario de más allá. En 1967, cuando Correa Rachó ganó la Comuna, el Diario fue la trinchera. En 1990, cuando don Carlos Castillo Peraza perdió Mérida en la mesa y no en la urna, el Diario fue el acta. Uno abría el periódico y sabía de qué lado estaba la casa. Adentro discutíamos con dureza; afuera, en esas páginas, salíamos con una sola voz. Don Carlos decía que la disciplina era pudor antes que obediencia: no ventilar en la calle lo que se resuelve en casa.

Treinta y cinco años después, el Diario sigue siendo nuestro. Lo que cambió es el enemigo. El 2 de octubre, cinco expresidentes del partido firmaron un desplegado en la edición impresa para precisarle cuentas a Renán. Ese mismo día Renán les contestó que la verdad no se borra. El jueves, Plaza Grande lo puso en senda reunión y por la tarde él respondió con nombres: Álvaro Cetina y Roger Torres, que invitaron al señor Vidal a la casa y hoy lo niegan; la alcaldesa, que se sintió traicionada por la gente que ella misma metió al Ayuntamiento. Ocho meses de guerra sucia denunciados por un panista, en el periódico de los panistas, contra panistas. Ningún adversario escribió una línea. No le hizo falta.

Pongamos las dos cosas juntas. El periódico que fue la trinchera es hoy el ring. Antes se usaba para que el PRI no durmiera; ahora se usa para que el correligionario de al lado no desayune tranquilo. El desplegado, la carta, la columna, la contracarta: cada quien lleva su pleito a la misma redacción, y la redacción, que es honesta a su modo, publica todo. La mañana para el que acusa, la tarde para el que se defiende. Lo que no hay es un lector que al cerrar el periódico sepa de qué lado está la casa, porque la casa está de los dos lados y se está dando de golpes.

Me detengo en una palabra que esas páginas han repetido con gusto: chapulín. Se la cuelgan al aspirante de Morena, que estuvo en nuestras filas y se fue. Cada quien bautiza como quiere. Pero un viejo panista tiene memoria, y la memoria incomoda. A ese señor lo invitamos nosotros. Compitió en nuestra casa, con nuestras reglas, perdió y se formó detrás de la ganadora, que es exactamente lo que el partido pide a los que pierden. Después se fue, y reprochárselo es legítimo. Lo que no es serio es reprochárselo con la misma mano con que se le abrió la puerta, y menos en el periódico donde ayer lo presentábamos. Si el partido quiere hablar de chapulines, que empiece por preguntarse por qué en veinte años ha necesitado tantos invitados de fuera para ganar la ciudad.

Mientras tanto, la ciudad sigue en lo suyo. En la colonia donde vivió mi madre los focos del parque llevan meses fundidos y nadie de los que se pelean en el periódico ha pasado a verlos. A la señora que me vende el pan le da igual quién se sentó con quién; le importa el bache de la esquina, que ya cumplió un año. Esa es la distancia que me preocupa: entre lo que discutimos los de arriba y lo que esperan los de abajo. Un partido que ha gobernado Mérida desde 1991, salvo un paréntesis que todos recordamos, debería saberla de memoria.

Lo digo con orgullo y, últimamente, con vergüenza ajena. La pregunta que un viejo panista se hace esta semana tiene poco que ver con quién va a ganar Mérida. Es cuándo decidimos que el periódico que nos sirvió para ganar la ciudad sirviera para perderla entre nosotros.