Los constantes desmentidos del presidente Andrés Manuel López Obrador a sus subalternos —la construcción de la refinería, la reactivación de la tenencia vehicular— no son un síntoma de falta de comunicación interna, de desacuerdos domésticos, como lo intentan explicar hoy diversos analistas políticos. No. El gabinete lopezobradorista podrá tener muchos adjetivos, pero se maneja con un férreo control vertical: nadie habla, nadie actúa si no es con la venia del presidente. El prestidigitador tiene que mostrarse siempre cercano a los ciudadanos, ser su aliado. En ocasiones, el truco es infundir miedo, azuzar odios, por lo que se recurre al enemigo inventado. En otras, cuando la memoria falla o se requiere de un golpe de esfuerzo, hay que hacer patente el control y reforzar los vínculos con el mexicano de a pie. Y es entonces cuando el subalterno lanza la noticia, que se deja crecer en los medios, para que, horas después, el gran prestidigitador la desaparezca, por arte de magia, por encantamiento. Unos, la mayoría, aplauden, entusiasmados. Otros, más incrédulos, fantasean sobre el castigo que recibirá el subalterno por su desliz. Pocos se dan cuenta de la simplicidad del truco, que no sólo sirve para fortalecer la imagen del protagonista sino para pastorear la opinión pública y marcar la agenda. Mientras todo el país se comía las uñas, alarmada por el fantasma de nuevos impuestos, quién sabe qué se cocinaba por otro lado, cosa de la que nunca nos enteraremos y demuestra, de nuevo, la brutal eficacia del truco.
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El protagonista de la pintura “El prestidigitador”, de Jerhonimus Bosch, El Bosco, es un hombre que muestra un pequeño objeto a un grupo de personas que observa desde la izquierda de la imagen. Los divide una mesa con un cono de colores, tres canicas, dos vasos, una varita y una rana, todos elementos necesarios para hacer vívido el proceso de encantamiento. La cuarta canica dorada está en la mano derecha del personaje principal, y sobre ella se concentran casi todas las miradas. Con atuendo rojo y un sombrero negro, el mago parece estar haciendo salir un sapo de la boca de uno de los espectadores que registra atónito el poder del encanto. Parte de la audiencia contempla maravillada al hechicero, otros se advierten más incrédulos. El prestidigitador lleva colgada de su cintura una cesta con una lechuza, a sus pies hay un perro disfrazado de bufón, ambos símbolos de la herejía que está ocurriendo por fuera del marco de la mirada de la mayor parte de los presentes. Exactamente detrás del embobado de la primera fila, un cómplice del hechicero —haciéndose el desentendido— está robando su bolsa de dinero. El pintor exhibe el acontecimiento desde un lugar más alejado y desnuda el falso poder mágico y el modo en que el personaje usa el truco sólo para distraer la atención de un público fascinado —y con los bolsillos abiertos.